Libro colaborativo
Nunca
es ahora
Historias que nadie iba a contar
¿Tienes un secreto que nunca has contado? ¿Un miedo que te avergüenza reconocer? ¿Una historia tan increíble que nadie te creería?
Es el momento de soltarla. Con pseudónimo o con tu nombre. Da igual. Lo que importa es la historia.
La publicamos en Amazon junto a otras voces como la tuya. Participar es gratis. Solo pagas si quieres el libro en tus manos.
Cuenta tu historia
El futuro perfecto de un gilipollas integral
"Me llamaré Manolo. Tendré 35 años. Y seré un gilipollas. No un gilipollas cualquiera, no, un gilipollas de los que hacen historia. De los que la gente recordará y dirá: "Oye, ¿te acuerdas de aquel gilipollas? Pues eso". Yo ya lo sé. Lo sé porque mi vida futura será una colección de momentos tan absurdos que ni el mejor escritor de humor podría inventárselos. Y lo peor de todo es que yo los provocaré. Todos. Cada uno de ellos. Pero empecemos por el principio, que el principio siempre es importante, aunque en mi caso el principio ya es un desastre. Verán, yo siempre quise ser domador de pulpos. Sí, han leído bien. Domador de pulpos. No de leones, no de tigres, no de elefantes. De pulpos. Porque los pulpos tienen tres corazones y ocho brazos y son inteligentes, y yo pensaba que eso me convertiría en alguien especial. Alguien que podría hacer que un animal con ocho brazos hiciera lo que yo quisiera. ¿Se imaginan el espectáculo? Yo, con mi chistera y mi látigo (aunque nunca entendí muy bien para qué sirve un látigo con un pulpo), haciendo que un pulpo gigante baile sevillanas o juegue al ajedrez. Era mi sueño. Mi puto sueño. Pero no, el mundo es injusto. Resulta que para ser domador de pulpos necesitas saber bucear, y yo me mareo en el agua. También necesitas tener una piscina enorme, y yo vivo en un piso de 40 metros cuadrados. Y, sobre todo, necesitas que los pulpos quieran ser domados, y resulta que los pulpos son muy suyos y no les gusta que les digan lo que tienen que hacer. Así que mi sueño se fue al carajo. Literalmente. Porque un día fui a una entrevista para trabajar en un acuario, llevaba mi mejor camisa, mi mejor sonrisa, y cuando me preguntaron "¿qué experiencia tiene con cefalópodos?", yo contesté: "He comido calamares a la plancha muchas veces". Me echaron a patadas. Y con razón. Total, que ahora trabajo en una tienda de colchones. Sí, vendo colchones. ¿Y saben qué es lo peor de vender colchones? Que la gente no quiere colchones, quiere dormir. Pero yo no vendo sueño, vendo muelles y espuma. Y tengo que sonreír y decir "este colchón viscoelástico se adapta a su cuerpo" cuando lo que realmente quiero decir es "a quién le importa, cómprelo y déjeme en paz". Pero bueno, es lo que hay. Un trabajo de mierda para un futuro de mierda. Porque sí, mi futuro será una mierda. Y les voy a contar todo lo que me va a pasar. Mañana, por ejemplo, me despertaré y mi iguana, que se llama Godzilla (qué original, ¿verdad?), estará encima de mi cara. Sí, Godzilla tiene la costumbre de dormir en mi almohada, y yo, en mi infinito gilipollez, le compré una cama pequeña para que durmiera allí, pero ella prefiere mi cara. Y mañana, cuando me despierte con sus garras en mis mejillas, pensaré: "qué bonito, mi iguana me quiere". Y no, no me querrá. Godzilla solo quiere calor, porque soy un gilipollas y mantengo la casa a 28 grados para que ella esté cómoda, mientras yo sudo como un cerdo. El martes, iré a trabajar. Y como soy un gilipollas, intentaré vender un colchón a un cliente contándole mi sueño de ser domador de pulpos. Sí, en medio de la tienda, mientras el cliente mira un colchón de 200 muelles, yo le soltaré: "¿Sabe? Yo quería ser domador de pulpos. ¿No es fascinante? Tienen tres corazones". Y el cliente me mirará como si estuviera loco, y se irá, y mi jefe, que se llama Don Emilio y es un viejo cascarrabias, me pondrá una multa. Y yo, en lugar de callarme, le diré a Don Emilio: "Don Emilio, ¿usted cree que un pulpo podría vender colchones? Porque con ocho brazos repartiría folletos mucho más rápido". Y Don Emilio me despedirá. Pero solo por un día, porque luego me volverá a contratar porque soy el único gilipollas que acepta trabajar por el salario mínimo. El miércoles, mi abuela, que es una señora mayor y chocha pero graciosa, me llamará para decirme que ha visto un pulpo en la tele. Y yo, emocionado, le preguntaré: "¿Qué hacía el pulpo, abuela?". Y ella me dirá: "Pues nadaba, hijo, ¿qué va a hacer?". Y yo me quedaré en silencio, pensando que mi abuela es la única persona del mundo que me entiende. Luego me dirá que ha comprado un colchón nuevo, y yo le preguntaré si es viscoelástico, y ella me dirá que no, que es de plumas, como los de antes. Y yo, como buen gilipollas, le diré: "Abuela, los colchones de plumas son una mierda, te hundes". Y ella se reirá y me dirá: "Manolo, tú eres más tonto que un pulpo en un garaje". Y tendrá razón. El jueves, intentaré entrenar a Godzilla para que haga trucos. Sí, a mi iguana. Porque si no puedo domar pulpos, domaré iguanas, pienso. Y le pondré un sombrerito pequeño y le diré "da la patita". Y Godzilla me mirará con sus ojos de reptil y me ignorará completamente. Entonces, intentaré sobornarla con lechuga, y ella se comerá la lechuga y se irá a tomar el sol al lado de la ventana. Y yo, derrotado, me sentaré en el sofá y pensaré en los pulpos. En cómo serían si pudiera domarlos. En cómo sería mi vida si no fuera tan gilipollas. El viernes, en el trabajo, llegará una clienta muy guapa. Y yo, como soy un gilipollas, intentaré ligar con ella. Le hablaré de los colchones, pero también de los pulpos. Le diré: "¿Sabía que los pulpos tienen tres corazones y que la sangre es azul?". Y ella me mirará con cara de "qué pesado". Entonces, para impresionarla, le diré que también sé hacer malabares con colchones. Y cogeré un colchón pequeño y empezaré a lanzarlo al aire, y se me caerá encima, y me dejará noqueado en medio de la tienda. Y la clienta se irá, y Don Emilio me pondrá otra multa. Pero a mí me dará igual, porque estaré inconsciente y soñaré con pulpos bailando sevillanas. El sábado, mi abuela vendrá a visitarme. Y verá a Godzilla y dirá: "Ay, qué bicho más feo". Y yo me ofenderé y diré: "Abuela, no es feo, es exótico". Y ella dirá: "Exótico es el que viene de fuera, esto es un lagarto gordo". Y yo, que no sé cuándo callarme, le diré: "Abuela, los lagartos no tienen cresta como Godzilla". Y ella me dirá: "Pues ponle una cresta, a ver si así se parece a un pulpo". Y yo, en lugar de reírme, me lo tomaré en serio y buscaré en internet cómo ponerle una cresta a una iguana. Y encontraré un tutorial que dice que no se puede, porque las iguanas no tienen cresta, son reptiles, no dinosaurios. Y me sentiré estúpido. Otra vez. El domingo, decidiré que necesito un cambio. Que no puedo seguir así, vendiendo colchones y soñando con pulpos. Así que me apuntaré a un curso de doma de animales exóticos por internet. Será un curso de 20 euros que promete enseñarme a domar cualquier animal, desde serpientes hasta elefantes. Y yo, ilusionado, empezaré a ver los vídeos. El primer vídeo dice: "Para domar a un animal, primero debes ganarte su confianza". Y yo, emocionado, iré a ganarme la confianza de Godzilla. Le daré lechuga, le hablaré con voz suave, le cantaré una canción de cuna. Y Godzilla, harta de mí, me morderá el dedo. No fuerte, pero suficiente para que me sangre. Y yo, con mi dedo sangrando, pensaré que ese curso es una estafa y que los pulpos nunca me harían daño. Porque los pulpos son nobles. Son inteligentes. Son todo lo que yo no soy. Y así pasarán los días, y los meses, y los años. Y yo seguiré siendo el mismo gilipollas. Vendiendo colchones. Soñando con pulpos. Criando a una iguana que me desprecia. Visitando a mi abuela que me llama tonto con cariño. Y cada noche, antes de dormir, miraré el techo y pensaré en cómo sería mi vida si no fuera tan gilipollas. Y llegará un momento en que me resignaré. Aceptaré que nunca seré domador de pulpos. Que soy un vendedor de colchones, y que eso está bien. Porque un trabajo es un trabajo, y al menos puedo permitirme mantener a Godzilla y comprarle lechuga. El lunes siguiente, mi abuela me llamará para decirme que ha visto un pulpo en el acuario. Y me dirá: "Manolo, he visto tu animal favorito. Era pequeño y tenía una mancha en la cabeza". Y yo, emocionado, le preguntaré: "¿Y qué hacía, abuela?". Y ella me dirá: "Pues nadaba, hijo, y se escondía en una cueva. Igual que tú te escondes en tu tienda de colchones cuando llegan clientes". Y yo, en lugar de ofenderme, me reiré. Porque mi abuela, con sus 80 años y su memoria fallida, tiene más inteligencia emocional que yo en toda mi vida. Y entonces, en ese momento, en un futuro no muy lejano, entenderé algo. Entenderé que ser gilipollas no es malo. Que todos somos un poco gilipollas. Que la vida no es sobre cumplir sueños imposibles, sino sobre aceptar que los sueños cambian, se transforman, se vuelven más pequeños pero más reales. Y que tener una iguana que te muerde, una abuela que te llama tonto y un trabajo en una tienda de colchones no es tan malo. Porque al final, lo que importa no es domar pulpos, sino saber reírte de ti mismo cuando intentas hacerlo y fallas estrepitosamente. Y el martes, sí, el martes de dentro de muchos años, cuando ya sea viejo y canoso y tenga 70 años, miraré a mi iguana (que será una iguana muy vieja y arrugada) y le diré: "Godzilla, ¿quieres que te cuente el día que intenté ser domador de pulpos?". Y Godzilla, como siempre, me ignorará. Pero yo me reiré. Y mi abuela, que ya no estará, se reirá desde el cielo. Porque aunque ella ya no esté, sus palabras de "Manolo, tú eres más tonto que un pulpo en un garaje" vivirán para siempre en mi cabeza. Y seré feliz. Feliz de ser un gilipollas. Feliz de haberlo intentado. Feliz de fracasar con estilo. Porque al final, queridos lectores futuros que estaréis leyendo esto en algún lugar, la vida es eso. Es intentar domar pulpos y acabar vendiendo colchones. Es querer ser especial y descubrir que eres igual que todos los demás, pero con una iguana. Es tener una abuela chocha que te quiere y te llama tonto. Es, en definitiva, ser un gilipollas. Y yo, Manolo, de 35 años, vendedor de colchones, dueño de una iguana llamada Godzilla, nieto de una abuela genial, seré el mejor gilipollas que haya existido jamás. Porque lo mío no es un defecto, es un arte. El arte de ser un gilipollas en un mundo lleno de gente seria que nunca ha intentado domar un pulpo. Y así será mi futuro. Lleno de fracasos, de ridículos, de multas de Don Emilio, de mordeduras de iguana, de llamadas de mi abuela, de sueños rotos y colchones sin vender. Pero lleno también de risas. De risas mías, sobre todo. Porque si no me río de mí mismo, ¿quién lo hará? Eso seré. Eso soy. Eso seré siempre. Un gilipollas. Pero un gilipollas feliz. FIN (o mejor dicho, principio, porque todo esto está por venir)"
— El Gili, Andorra
Mi pequeñín
"Querido mío: Aún no habías llegado y ya te estaba escribiendo. Fue una tarde de esas de lluvia fina, de esas que no mojan pero calan. Me senté en el borde de la cama, con la prueba en la mano y el corazón a punto de salírseme por la boca. Positivo. Dos rayitas. Y de repente el mundo se paró, pero siguió girando muy rápido, todo a la vez. No sabes la de vueltas que me di esa noche. Pensé en si sabría hacerlo bien, en si sería buena madre, en si tendría suficiente paciencia. Me daba miedo el dolor del parto, claro, pero más miedo me daba no estar a la altura. Pensé en tu nombre, en cómo sería tu carita, en si tendrías mis ojos o los de tu padre. Me imaginaba enseñándote a atarte los cordones, a montar en bici, a comer con cuchara sin mancharte. Soñaba con tu primer diente, tu primera palabra, tu primer paso. Y también me daba miedo. Miedo a no saber calmar tu llanto, a no entender lo que necesitabas, a equivocarme. Pero cada patadita que dabas dentro de mí era como un "estoy aquí, no tengas miedo". Y yo te hablaba bajito, mientras te acariciaba la barriga, y te prometía que haría todo lo posible por ser tu refugio. Llegó el día. Fue un parto rapidito, como si tú también tuvieras prisa por salir a verme. Cuando te pusieron en mi pecho, pesabas poquito, pero mi corazón pesaba una montaña de alegría. Lloré, claro que lloré. Lloré de alivio, de amor, de vértigo. Eras perfecto. Tenías diez dedos en cada mano y en cada pie, y una nariz chiquitina que se movía al respirar. Te conté los dedos una y otra vez. Todos estaban ahí. Todo estaba bien. Y pasaron los meses. Y luego los años. Y te vi crecer, pero no como esperaba. No como las madres de los otros niños, que van marcando las alturas en la puerta de la nevera y cada raya sube un poquito más. Las tuyas subían, sí, pero más despacio. Mucho más despacio. Al principio me decía a mí misma que era cosa de la genética, que tu padre tampoco es muy alto. Pero cuando fuiste cumpliendo años y seguías siendo el más bajito de la clase, la preocupación empezó a anidarme en el pecho como un pajarito que no se calla. Fueron muchas visitas al médico, muchas pruebas, muchas esperas en pasillos de hospital. Hasta que una doctora, con una voz muy dulce y unos papeles en la mano, me dijo que tenías acondroplasia. Que serías una persona de baja estatura. Que eras y serías sano, pero que tu cuerpo crecería de una manera diferente. Y en ese momento, mío, se me partió el alma en dos. Una parte se alegraba porque eras sano, porque no había nada malo en tu corazón ni en tu cabeza. La otra parte, la tonta, la que no sabe ver más allá de lo que la gente mira, se llenó de preguntas. ¿Y si se ríen de ti? ¿Y si no encuentras ropa de tu talla? ¿Y si no puedes alcanzar los interruptores de la luz? ¿Y si el mundo no está hecho para ti? Pasé unos días muy malos, no te voy a engañar. Días de darle vueltas a todo, de mirarte dormir y preguntarme si te habría hecho algo mal, si habría comido algo que no debía, si habría sido mi culpa. Pero luego te vi despertar, con esa sonrisa tuya tan grande que te ocupa toda la cara, y me dijiste: "Mamá, ¿desayunamos tortitas?". Y entonces lo entendí todo. Tú eras feliz. Tú no sabías que eras diferente. Tú solo querías tus tortitas con sirope. Y yo, con mis miedos, estaba perdiéndome lo importante: verte feliz. Ahora tienes seis años. Eres un enano. Un enano precioso, con unas piernas cortas que corren como el viento, una risa que se oye desde la otra punta de la casa y una inteligencia que me deja boquiabierta. Sabes más de dinosaurios que cualquier adulto que conozca. Puedes pasarte horas hablando del tiranosaurio rex y del estegosaurio, y yo te escucho como si fuera la primera vez, porque cuando tú hablas, el mundo se vuelve más interesante. Pero no todo es fácil, claro que no. El otro día, en el parque, un niño más grande te preguntó por qué eras tan bajito. Te quedaste mirándolo, parpadeaste dos veces, y le dijiste: "Porque así llego antes a los sitios, soy más rápido". Y te fuiste corriendo, sin darle más importancia. Yo me quedé helada, con el corazón en un puño, pero luego sonreí. Qué lección me diste. Tú no te ves diferente. Tú te ves genial. Y tienes razón. Eso sí, hay días que el mundo se empeña en recordarnos que no está hecho para ti. Como cuando fuimos a comprar zapatos y no tenían tu número. O cuando en el supermercado no llegas a las estanterías de arriba y tienes que pedir ayuda. O cuando la gente te mira fijamente, como si fueras un bicho raro, y yo siento que me hierven las venas. Pero tú, con tu naturalidad, les devuelves la mirada y les sonríes. Y la mayoría, avergonzados, te devuelven la sonrisa. Y los que no, se pierden una sonrisa tuya, que vale más que todo el oro del mundo. He aprendido a ver el mundo desde tu altura. Y es un mundo distinto. Ves cosas que los demás no ven. Te fijas en las hormigas que llevan migas de pan, en las flores que crecen entre las grietas de la acera, en los reflejos del agua cuando llueve. Tienes una perspectiva que a mí se me había olvidado. Y me has enseñado que la grandeza no se mide en centímetros, sino en la capacidad de asombrarse, de querer, de ser feliz. A veces me preocupo por tu futuro. Pienso en el instituto, en los trabajos, en conducir un coche, en encontrar una pareja que te quiera como te mereces. Pero luego me acuerdo de ti, de cómo eres, de tu seguridad, de tu alegría, y se me pasa. Porque si hay alguien que va a saber moverse en este mundo, ese eres tú. Tienes una fuerza interior que yo no tenía a tu edad. Tienes una manera de enfrentar las cosas que me deja sin palabras. El otro día, en la fiesta del cole, hicieron una carrera de sacos. Todos los niños iban saltando, y tú, con tus piernas cortas, ibas más despacio. Pero no te rendiste. Saltaste y saltaste, hasta que llegaste a la meta. Los otros niños ya habían terminado, pero todos te aplaudieron. Y tú, con tu sonrisa de oreja a oreja, levantaste el puño como si hubieras ganado el mundo. Y para mí, lo habías hecho. No te voy a mentir: hay días que me entristezco. Días que veo a otros niños de tu edad y me parecen tan grandes, tan altos, y me pregunto cómo sería si tú también lo fueras. Pero esos pensamientos duran poco, porque me acuerdo de que si fueras diferente, no serías tú. Y yo no quiero a otro niño, quiero a mi enano. Quiero tu abrazo que me llega a la cintura, quiero tu mano pequeña en la mía, quiero tu cabeza apoyada en mi hombro cuando ves la tele. Quiero todo eso, porque es tuyo, y es mío. He aprendido a pelear por ti. He aprendido a hablar con los profesores, con los médicos, con los desconocidos que te miran mal. He aprendido a ser tu escudo, pero también tu trampolín. Porque no quiero que dependas de mí, quiero que vueles. Que vueles bajo, pero que vueles. Que llegues a donde quieras, aunque tengas que usar un taburete para llegar al interruptor. Que sepas que eres capaz de todo, porque lo eres. Y ahora, mientras te veo dormir, con tu pijama de dinosaurios y tu pelo revuelto, te escribo esto. Porque quiero que sepas que, a pesar de todos mis miedos, de todas mis dudas, no cambiaría ni un solo segundo de esta historia. No cambiaría las visitas al médico, ni las miradas de la gente, ni los zapatos que no encuentro. Porque todo eso me ha hecho más fuerte, y me ha hecho quererte más, si eso es posible. Eres mi niño, mi pequeño gran hombre. Eres mi maestro. Me has enseñado a ver la vida con otros ojos, unos ojos más bajos, pero que ven más lejos. Me has enseñado que la felicidad está en las cosas pequeñas, literalmente. Me has enseñado que el amor no entiende de alturas. Así que sigue así, corre, salta, ríe, pregunta, explora. Sigue siendo ese niño que le dice a la vecina que su pelo huele a flores. Sigue siendo ese niño que abraza a los niños tristes en el parque. Sigue siendo ese niño que canta en la ducha a voz en grito, aunque desafine. Sigue siendo tú. Siempre tú. Que yo estaré aquí, a tu altura, para ayudarte a alcanzar lo que necesites, para secar tus lágrimas, para celebrar tus victorias. Para recordarte que lo importante no es lo que midas, sino lo grande que eres por dentro. Y tú, mío, eres enorme. Más que el tiranosaurio rex, más que la luna, más que todo. Te quiero, te quiero, te quiero. Y no tengo palabras más grandes que esas, porque no las necesito. Siempre tuya, Tu madre. Que es baja, sí, pero baja de estatura, no de amor."
— La madre del pequeñín, España
La bicicleta, el freno y el electrocardiograma
"Llamadme Laura. Treinta años, piernas largas, paciencia corta y un coche que, desde aquel día, bauticé como «el justiciero». No fue mi culpa. Bueno, sí, técnicamente fue mi culpa, pero ¿quién pone un semáforo en ángulo muerto? ¿Y quién, en pleno siglo XXI, sigue usando una bicicleta sin casco, sin luces y con una camisa de cuadros que parecía sacada de un videoclip de los ochenta? Él se llamaba Carlos. Cuarenta y cinco años, sonrisa de dentista, ojos verdes que prometían cosas que no cumplían y un trasero que, la verdad, se merecía un premio por cómo realzaba el tejano ajustado. Iba tan orgulloso sobre su bicicleta de segunda mano, con su cesta vacía y su aire de urbanita que se cree explorador, que no me vio venir. O yo no le vi a él. O el destino, con su sentido del humor de comedieta barata, decidió que era el momento de que mi parachoques izquierdo conociera a su pedal derecho. El golpe fue más teatral que dañino. Carlos salió volando por encima del manillar, describió una parábola de manual de física, y aterrizó sobre un contenedor de ropa usada con la elegancia de un flamenco borracho. Yo salí del coche con el corazón en un puño y el seguro en la mano, dispuesta a pedir perdón, a pagar daños, a comprarle una bicicleta nueva y a desaparecer de su vida para siempre. Pero él se levantó, se sacudió las hojas de lechuga que le habían caído encima, y me miró con una mezcla de dolor y admiración tan ridícula que supe, en ese instante, que estábamos ante el inicio de algo estúpido. —Eres un peligro —dijo, tocándose la rodilla con una mueca que pretendía ser de macho herido pero resultaba de gatito mojado. —Y tú un suicida con ruedas —respondí, sin poder evitar una sonrisa. Y ahí, entre el olor a gasolina y a col lombarda del contenedor, conectamos. Esa chispa que te hace olvidar que acabas de atropellar a un desconocido y te concentras en lo bien que le queda la camisa manchada de tierra. Le ayudé a levantarse, le ofrecí llevarle al hospital más cercano, y él aceptó con una sonrisa que ya estaba calculando cómo sacar provecho de la situación. El hospital era el «Virgen de la Pacificación», un nombre tan irónico como el propio edificio, que parecía diseñado por un arquitecto que odiaba a los pacientes. Pasillos de color verde menta, carteles que advertían de resbalones, y un olor a desinfectante mezclado con café de máquina que te recordaba que la vida es frágil y, además, cara. Carlos cojeaba apoyado en mi hombro, y yo notaba su aliento en mi nuca, demasiado cerca para ser accidental. —¿Te duele mucho? —pregunté, con un tono de enfermera vocacional que no tenía. —Solo cuando respiro —dijo él, y soltó una risita que pretendía ser valiente pero era más bien un ronquido de cerdo contento. Llegamos a Recepción. Una pantalla parpadeaba con números que no llevaban a ninguna parte, y una señora de gafas de concha nos miró por encima de sus lentes como si hubiésemos interrumpido su partida de solitario. Pero no hacía falta dar explicaciones, porque en ese momento apareció ella: la enfermera jefe, matriarca del turno de tarde, reina de los analgésicos y, como descubriría más tarde, dueña absoluta de mi futuro. Se llamaba Elena. Cincuenta y cinco años, melena canosa recogida en un moño que desafiaba las leyes de la gravedad, y una bata blanca tan planchada que parecía haber sido almidonada con sangre de becario. Era alta, de hombros anchos y mirada fulminante. Cuando nos vio llegar —a mí con cara de culpable, a él cojeando y sonriendo—, su ojo clínico lo calibró todo en dos segundos: el hematoma, el morro roto, el paquete de chicles que había perdido en la caída y que seguía intacto en el suelo. Y luego me miró a mí. Y supo. —Carlos —dijo, con una voz que cortaba el acero—. Otra vez. Él se puso colorado. No del dolor, sino del rubor de quien ha sido descubierto en una mentira que ni siquiera ha tenido tiempo de inventar. —¿Os conocéis? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. —Este desgraciado es mi exmarido —respondió Elena, sin inmutarse, mientras le agarraba el brazo con una fuerza que no era precisamente terapéutica—. Y tú, por la pinta, eres la conductora que lo ha mandado al suelo. Siéntate, que ahora te atiendo. Y allí empezó el caos. Porque no era solo que Elena fuera su exmujer. Era que, durante el trayecto en coche, Carlos me había contado que llevaba tres años divorciado, que su ex era «una bruja de cuidado», que no le dejaba ver al perro y que se había quedado con la vajilla de la abuela. Nada de enfermeras jefas con moños de acero inoxidable. Nada de hospitales. Y, desde luego, nada de que la ex estuviera a punto de revisarle la rodilla con una mano que parecía entrenada para hacer daño. Mientras Elena lo examinaba en la camilla, yo esperaba en una silla de plástico que crujía con cada movimiento. Y allí, en ese silencio incómodo, Carlos me hizo un gesto con la ceja. Uno de esos gestos que dicen «lo siento, esto es un malentendido, pero igual después podemos tomar algo». Yo le devolví una sonrisa forzada, porque, sinceramente, el tío era atractivo. No solo físicamente: tenía ese desparpajo de los cuarentones que saben que la vida es corta y que el sexo, como el vino, mejora con la edad. O al menos eso decían sus ojos. Y sus manos. Y esa forma de morderse el labio cuando Elena le vendaba la rodilla. Lo peor llegó cuando Elena se quitó los guantes, se sentó a mi lado y, con una voz que mezclaba el sarcasmo de siglos de experiencia, me soltó: —¿Te gusta, verdad? —¿El qué? —balbuceé, sintiendo que me ardían las mejillas. —Él. Mi ex. El idiota de la bicicleta. Te ha hecho ojitos y tú te has derretido como un helado en agosto. No es la primera, ni será la última. —No es eso —mentí, con una habilidad digna de una política. —Tranquila, no te juzgo. El tío tiene su aquel. Pero permíteme que te dé un consejo: si te acuestas con él, no lo hagas en casa de su madre. Que la señora tiene el oído fino y luego se entera todo el barrio. Me reí. No pude evitarlo. Era tan directa, tan brutalmente honesta, que resultaba hasta entrañable. Y ella, al verme reír, sonrió también. Por un momento, las tres personas en aquella sala —la atropelladora, el atropellado y la enfermera— compartimos una complicidad extraña, como si el hospital fuera el escenario de una comedia de enredo y nosotros los actores principales. Pero entonces Carlos, desde la camilla, levantó la mano y dijo: —Oye, Elena, ¿por qué no le cuentas a Laura lo de aquella vez que te encontré con el jardinero? El silencio fue tan denso que se oyó el gotero de la habitación de al lado. Elena se levantó lentamente, se acercó a Carlos, y le susurró algo al oído que yo no pude escuchar, pero que debió ser memorable, porque él palideció y cerró la boca durante los siguientes veinte minutos. Y entonces, en medio de aquel duelo de miradas y cuchillos verbales, yo tuve una idea. Una de esas ideas que parecen brillantes cuando tienes treinta años, una indemnización pendiente y un exmarido de una enfermera que te mira como si fueras el postre. Me levanté, fui a la máquina de café, compré tres cafés —uno de ellos descafeinado, porque Elena parecía la clase de mujer que no necesita más cafeína— y los puse sobre la mesa. —Tregua —dije, sonriendo con todo el encanto que mis treinta años me permitían—. He atropellado a tu ex, tú me has dado un sermón, él ya ha pagado con su dignidad y con el morro que se ha dejado en el contenedor. ¿Por qué no lo dejamos aquí y, si queréis, mañana os invito a cenar los dos? En plan neutral. Sin rencores. Carlos abrió la boca para decir algo, seguramente una broma sobre mi conducción, pero Elena le lanzó una mirada que lo convirtió en estatua. —Me parece bien —dijo ella, cruzando los brazos—. Pero si invitas a cenar, que sea en un sitio con manteles. Y que tú pagas, claro. Y aquella noche, los tres cenamos juntos. Yo, con la culpa todavía fresca. Carlos, con la rodilla vendada y una sonrisa que no se borraba. Y Elena, que durante el postre, cuando ya habíamos bajado la guardia y estábamos riéndonos de lo absurdo de la situación, soltó la bomba: —Por cierto, Laura, no te he dicho lo más importante. Carlos y yo tenemos una hija. Se llama Lucía. Tiene tu edad, trabaja en una editorial y es soltera. Carlos se atragantó con el tinto. —¿Qué? —pregunté, sintiendo que el mundo se desmoronaba en espiral. —Sí —continuó Elena, imperturbable, mientras cortaba su solomillo con la precisión de una cirujana—. Y, viendo cómo le has mirado a mi ex esta noche, no sé si debería presentárosla. Sería un poco incómodo, ¿no crees? Que la madre de tu nueva amiga se haya acostado con el hombre que te gusta. Carlos tosió, se levantó y fue al baño con una excusa patética sobre la sal del pescado. Yo me quedé allí, con los ojos como platos, mirando a Elena, que me devolvía la mirada con una sonrisa de esfinge. —¿Sois...? —empecé, sin saber cómo terminar la frase. —Exmaridos, sí. Y padres de una hija maravillosa que, por cierto, está a punto de llegar. La he llamado para que nos traiga el móvil que se le olvidó a Carlos. Ahí la tienes. Y entonces, justo cuando mi corazón empezaba a latir al ritmo de una batería de heavy metal, vi entrar por la puerta del restaurante a una chica de pelo rizado, sonrisa amplia y ojos verdes exactamente iguales a los de Carlos. Se acercó a la mesa, me dio dos besos con la confianza de quien no sabe que está a punto de dinamitar una cena, y dijo: —¿Tú eres la que ha atropellado a mi padre? ¡Qué fuerte! ¿Y te has quedado a cenar con mi madre? Sois la caña. Carlos volvió del baño justo en ese momento. Nos miró a las tres —a su ex, a su hija y a mí— y su rostro recorrió todas las etapas del duelo en tres segundos. Negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación. Se sentó, cogió su copa de vino y la levantó: —Brindo —dijo, con una voz que ya no era de galán herido, sino de hombre que ha aceptado su destino—. Brindo por el día en que decidí comprar esa bicicleta. Porque si no, no habría conocido a Laura, no habría pasado la tarde en el hospital, y no habría terminado cenando con mi exmujer, mi hija y la mujer que, probablemente, me va a costar el sueldo en terapia. Elena se rió. Lucía se rió. Y yo, que estaba atrapada en medio de aquella familia disfuncional, con el culo del atropellado grabado en mi retina y la certeza de que mi vida amorosa acababa de entrar en un terreno pantanoso, también me reí. Pero la noche no terminó ahí. Porque cuando Carlos me acompañó al coche (sí, al mismo coche, el justiciero), me agarró la mano y me susurró al oído: —Laura, no sé si has entendido bien la situación. Elena y yo estuvimos casados quince años. Lucía es mi hija, pero no es hija de Elena. Es hija de otra. Lo descubrimos cuando ya estábamos divorciados. Por eso nos llevamos tan mal. Y por eso, cuando te he visto esta mañana, he sabido que tenía que conocerte. No por el accidente. Porque te pareces a su madre. Y ella murió hace diez años. Y ahí, con el motor encendido y el GPS diciendo «gire a la izquierda», me quedé congelada. Porque aquella comedia de enredo, aquel lío de faldas con dos mujeres y un hombre, acababa de convertirse en un laberinto de espejos donde yo era el reflejo de una muerta, la ex era la guardiana del secreto, y la hija no era hija sino una pieza que no encajaba. —No te preocupes —dijo Carlos, soltándome la mano y abriendo la puerta—. Mañana te cuento más. O no. Depende de lo que quieras saber. Cerró la puerta. Se fue cojeando hacia la parada del autobús. Y yo me quedé allí, con la misma pregunta que siempre me hago después de un accidente: ¿de qué lado estaba el freno? Porque aquello no era una historia de amor. Era una satírica, absurda, deliciosa pesadilla con pañuelo de cuadros y olor a desinfectante. Y lo peor es que, tres días después, Lucía me llamó para tomar un café. Y yo acepté. Porque, en el fondo, la ironía es la única vacuna contra la locura. Y el sexo, bueno, el sexo... esa es otra historia. Que esta ya es bastante larga."
— Marinfiel, España
El objeto que me miraba desde el espejo
"Tres años. Tres veranos. Y aún hay noches en las que despierto con la certeza de que alguien está al otro lado de la puerta, respirando en el mismo ritmo que yo. No es miedo a lo que vi. Es miedo a lo que no llegué a entender. Me llamo Clara, tengo treinta y cinco años y, si me preguntas, no soy bonita. Tengo la nariz un poco torcida de una caída en bicicleta a los doce, el pelo castaño que nunca sabe si ser liso o rizado, y unas caderas que siempre me han hecho sentir más ancha de lo que me gustaría. Pero soy simpática. Eso me lo han dicho desde pequeña: «Clara, eres tan agradable», «Clara, da gusto estar contigo». Y es cierto. Sé escuchar, sé reír en el momento justo, sé hacer que la gente se sienta cómoda. Por eso caigo bien. Por eso la gente se acerca. Por eso, quizá, nunca nadie miró más allá de esa fachada de chica maja. Hace tres años, mi madre murió. No fue repentino. Fue lento, sucio, con hospitales de pasillos demasiado largos y máquinas que pitaban en compás de agonía. Cáncer de páncreas. Seis meses desde el diagnóstico hasta que dejó de respirar una tarde de marzo, con la lluvia golpeando la ventana de la UCI como si quisiera entrar a llevársela también a ella. Yo estaba a su lado. Le sujetaba la mano, esa mano que había sujetado la mía en parques, en consultas de pediatra, en el día de mi boda (que no duró ni tres años, pero esa es otra historia). Y cuando su pulso se detuvo, yo no lloré. No pude. Me quedé allí, en silencio, sintiendo cómo el frío de su piel trepaba por mis dedos y se instalaba en algún lugar de mi pecho que no sabía que existía. El mes siguiente fue un desfile de caras conocidas: tíos, primos, vecinos, amigas de mi madre que olían a alcanfor y a rosas marchitas. Todos decían lo mismo: «Qué fuerte eres, Clara», «Cómo llevas esto con entereza». Y yo asentía, sonreía, ofrecía café y galletas, mientras por dentro sentía que me estaba despegando de mí misma, capa por capa, como una cebolla que se pudre desde el centro. A los dos meses, no soportaba mi casa. Cada esquina me recordaba a ella: el sillón donde veía sus telenovelas, la taza con la flor desportillada que usaba para el té, su olor a lavanda en las sábanas. Vendí el piso. Me quedé con lo justo: ropa, fotos, el reloj de pulsera que le regalé en su último cumpleaños. Y decidí que necesitaba desaparecer. No para siempre, solo el tiempo suficiente para averiguar si, sin mi madre, yo seguía siendo alguien. O solo era un reflejo de lo que ella había querido que fuera. Compré una tienda de campaña en un chino, una linterna de esas que parpadean si les das un golpe, y reservé una parcela en un camping perdido en la sierra de Gredos. Se llamaba «Las Eras», un nombre tan anodino que parecía deliberado. Quería estar sola. Quería que el silencio me dijera algo. No sabía que el silencio también puede hablar, y que a veces lo hace con voz de cosa que no debería existir. Todo empezó la mañana de mi partida, antes incluso de salir de casa. Estaba en el baño, cepillándome los dientes, cuando levanté la vista al espejo. Detrás de mi hombro izquierdo, en el reflejo del pasillo, vi un objeto redondo apoyado en la mesa del recibidor. Una piedra. No, no era una piedra. Era algo más oscuro, más regular, como un disco de pizarra pulida, del tamaño de un puño. Parpadeé y ya no estaba. Me giré. La mesa estaba vacía. Pensé que eran los nervios, el cansancio de no dormir bien desde que mamá se fue. Me reí de mí misma. «Vas a empezar a ver cosas, Clara, y todavía no has salido de casa». Pero lo vi otra vez en el coche, en el asiento del copiloto, cuando me detuve a repostar. Estaba allí, apoyado contra la puerta, como si hubiera estado todo el tiempo. Lo miré fijamente y, esta vez, no desapareció. Era negro, mate, con unas vetas grises que parecían moverse si forzaba la vista. No me atreví a tocarlo. Arranqué y conduje durante una hora sin mirar a la derecha. Cuando por fin me armé de valor y giré la cabeza, el asiento estaba vacío. Llegué al camping a las cinco de la tarde. El cielo estaba limpio, pero el sol quemaba con una intensidad de justicia divina. Monté la tienda en la parcela número catorce, al final del camino, junto a un arroyo que apenas susurraba. Había cinco o seis caravanas más, todas ocupadas por jubilados que se turnaban para ir a comprar pan y quejarse del calor. Me saludaron con la cabeza, esa mezcla de cortesía y desinterés que tienen los mayores cuando ven a una treintañera sola. No les expliqué nada. No hacía falta. La primera noche fue tranquila, incluso bonita. Cené un sándwich de atún viendo cómo el sol se escondía detrás de las montañas, y el cielo se volvía de ese naranja herido que solo existe en los sitios donde no hay contaminación lumínica. Me metí en el saco y escuché el arroyo durante un rato. Cerré los ojos y, por primera vez en meses, sentí que mi cuerpo no pesaba tanto. Hasta que oí el roce. No era un animal. Era algo que se arrastraba, pero con un ritmo demasiado regular, demasiado humano. Como si alguien estuviera dando vueltas alrededor de mi tienda, en círculos concéntricos, cada vez más cerca. Contuve la respiración. El roce se detuvo justo al lado de mi oído, al otro lado de la lona. Y entonces oí un golpe seco, contra el suelo, a centímetros de mi cabeza. Algo había caído. Esperé. Conté hasta cien. Cuando no pasó nada más, encendí la linterna y abrí la cremallera de la tienda con manos temblorosas. El suelo estaba cubierto de hojas secas y tierra. No había nada. Casi me convenzo de que había sido un sueño, hasta que miré hacia el arroyo y lo vi: el disco negro, apoyado sobre una piedra plana, como si estuviera tomando el sol bajo la luna. Las vetas grises se movían. Esta vez no me lo imaginé. Se movían en espiral, lentamente, como un remolino de ceniza. Grité. No sé si fue de miedo o de rabia. Agarré una piedra y la lancé con todas mis fuerzas contra el objeto. La piedra pasó a través de él. Literalmente. Vi cómo la piedra atravesaba el disco como si fuera humo, y el disco seguía allí, intacto, con sus vetas girando un poco más rápido. No dormí en toda la noche. Me quedé sentada dentro de la tienda, con la linterna apuntando a la entrada, escuchando cada susurro del viento. El disco no se movió de la piedra hasta el amanecer. Cuando el sol empezó a calentar, se desvaneció, como si la luz lo borrara. Los días siguientes fueron una pesadilla de guion mal escrito. El disco aparecía en sitios absurdos: dentro de mi mochila, pegado al techo de la tienda, flotando en el arroyo mientras yo me lavaba la cara. A veces se quedaba quieto, sin hacer nada; otras, parecía seguirme con un movimiento oscilante, como si respirara. Nadie más lo veía. Los jubilados paseaban a su lado sin inmutarse, y cuando yo señalaba el lugar donde estaba, ellos fruncían el ceño y me miraban como si hubiera perdido el juicio. Empecé a hablarle. Lo sé, suena loco, pero cuando llevas tres días sin dormir y un objeto que no existe te persigue, lo único que te queda es intentar negociar. Le pregunté qué quería, por qué me había elegido, si tenía algo que ver con mi madre. El disco no respondía, pero sus vetas cambiaban de ritmo. Cuando nombraba a mamá, se aceleraban. Cuando hablaba de mi miedo, se ralentizaban. Como si entendiera, como si estuviera esperando que dijera algo concreto. La cuarta noche, me armé de valor y lo toqué. Fue como meter la mano en agua helada, pero sin humedad. Una sensación de frío que no venía de la temperatura, sino de algún sitio más profundo, de la médula. Y en ese instante, vi cosas que no eran mías. Vi un hospital, pero no el de mi madre: otro, más antiguo, con paredes de piedra y camas de hierro. Vi una mujer joven, morena, con el mismo lunar que tengo yo en la muñeca, que sollozaba en un rincón mientras un objeto negro, el mismo objeto, flotaba frente a ella. La mujer levantó la cabeza y me miró. Me miró a mí, a través del tiempo. Y dijo: «No lo dejes que te vea entera, Clara. Él busca el vacío que dejaste cuando ella se fue. Si se lo das, no volverás a ser tú». Solté el disco y caí de espaldas. Mi mano ardía como si hubiera tocado brasas, pero no tenía quemaduras. El disco se había quedado inmóvil, sin vetas, sin nada. Parecía un objeto muerto. Al día siguiente, recogí el campamento y me marché. No miré atrás. Conduje las siete horas de vuelta a casa sin parar, con las manos agarrotadas al volante, repitiéndome que todo había sido una alucinación, que el duelo me había roto el cerebro, que necesitaba un psiquiatra y no un camping. Pero el disco no se quedó en Gredos. Llegué a mi piso nuevo, ese que compré con la herencia de mi madre, y allí estaba, sobre la mesilla de noche, con las vetas grises girando en espiral, esperándome. No he vuelto a tocarlo. No he vuelto a hablarle. Pero cada noche, cuando apago la luz, veo su silueta recortada contra la ventana, y sé que está mirando hacia mi cama. No sé si es mi conciencia, no sé si es el fantasma de mi madre o algo mucho más viejo que ella, que yo, que todo lo que conozco. Lo único que sé es que, tres años después, sigo durmiendo con la luz encendida. Y que a veces, en el borde del sueño, oigo su voz —la de esa mujer del hospital de piedra— diciéndome que no se lo entregue. Pero no sé qué es lo que quiere. Ni si lo que él busca ya lo tengo dentro, esperando a que me duerma del todo para salir. Anoche, por primera vez, el disco no estaba en la mesilla. Lo encontré dentro del frigorífico, junto a la leche caducada. Y las vetas no giraban: escribían una palabra, clara y nítida, como si estuvieran hechas de tinta: «¿Y si ya lo sabes?» Esta mañana he llamado al camping de Las Eras. He preguntado si alguien había encontrado algo raro, una piedra negra, un objeto así. La mujer de recepción se ha reído. Me ha dicho que allí no pasa nada raro, que a veces los huéspedes ven cosas, pero que es el calor, o la altura, o que los abetos producen una sombra que confunde. Me ha preguntado si quería reservar para este verano. Le he dicho que no. Que quizá el año que viene. Pero esta noche, cuando llegue a casa, sé que el disco estará en algún sitio donde no debería. Y sé que, en algún momento, tendré que tocarlo otra vez. Porque lo que me dijo aquella mujer no era una advertencia. Era una confirmación: el vacío que dejó mi madre no se va a llenar con silencio. Se va a llenar con algo que todavía no tengo nombre. Y tengo miedo de que, cuando lo descubra, ya no haya vuelta atrás."
— Clara
El origen de este proyecto
Nunca es ahora nació inspirado en Sin bragas no hay miedo, una novela sobre los miedos que nos frenan, las historias que callamos y la búsqueda de una felicidad que quizás ya estaba ahí.
Las historias publicadas en este libro son responsabilidad exclusiva de sus autores. Nunca es ahora no se hace responsable de las opiniones, declaraciones o contenidos incluidos en las contribuciones. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellas historias que sean ofensivas, discriminatorias o que inciten al odio. Al participar, el autor cede los derechos de publicación para su inclusión en el libro colaborativo publicado en Amazon.
Antes de que preguntes
Preguntas frecuentes
¿Tengo que ser escritor o saber escribir bien para participar?
No. Si supiera escribir todo el mundo, las librerías estarían más llenas y yo tendría más competencia. Aquí lo único que pedimos es que tengas algo que contar. Lo demás nos da igual.
¿Cuánto tiene que medir mi historia? ¿Hay un mínimo o un máximo?
El máximo son 15.000 caracteres, más o menos diez páginas. El mínimo no lo hemos puesto, pero si tu secreto cabe en una frase, probablemente no era tan grave.
¿Puede ser una historia inventada o tiene que ser real?
Las dos valen. Nadie te va a pedir el DNI emocional. Lo importante es que transmita y emocione, sea real o inventada.
¿Puedo participar más de una vez con historias distintas?
El sistema no controla que repitas, pero no monopolices el libro: con un par de historias tuyas ya está bien. Deja sitio a los demás.
¿Qué pasa si pongo mi nombre real, se hace público para siempre?
Sí, así que piénsatelo. Si tienes dudas, usa un pseudónimo. Nadie te va a delatar, pero internet tiene buena memoria y mala intención.
¿Quién decide si mi historia entra en el libro o no?
Yo. No por ego, sino porque alguien tiene que leerlas todas antes de meterlas en un libro que vamos a vender. Si la rechazo, no es nada personal. Bueno, a veces sí.
¿Cuánto tardáis en revisar y aprobar mi historia?
Normalmente unos días. No tenemos un equipo de cien becarios, soy yo con un café y mucha curiosidad por leer lo que la gente esconde.
¿Por qué podrían rechazar mi historia?
Por ser ofensiva, discriminatoria o incitar al odio. Fuera de eso, tienes bastante libertad. Si tu historia es solo mala, probablemente la aprobemos igual, no somos tan estrictos.
¿Cuándo se publica el libro en Amazon? ¿Hay una fecha?
No hay fecha fija, depende de cuánta gente se anime. Cuando tengamos suficientes historias para que esto sea un libro y no un folleto, lo publicamos.
¿Puedo editar o eliminar mi historia después de enviarla?
Antes de que la aprobemos, escríbenos y lo arreglamos. Una vez publicada en el libro, ya forma parte de la historia (literal). Así que revísala bien antes de enviarla.
¿De verdad es gratis participar? ¿Dónde está la trampa?
Es gratis. No hay trampa, hay negocio: si luego quieres el libro con tu historia dentro, lo compras en Amazon como cualquier otro libro. Participar no te cuesta nada, tenerlo en papel sí.
¿Tengo que comprar el libro obligatoriamente?
No. Puedes participar, salir en el libro y no comprarlo nunca. Aunque seamos sinceros, a todos nos gusta tener pruebas de nuestras tonterías.
¿Qué quiere decir que «cedo los derechos de publicación»? ¿Pierdo mi historia para siempre?
Significa que nos das permiso para incluirla en el libro y publicarla en Amazon. Sigue siendo tuya, la escribiste tú, pero nos dejas usarla para este proyecto concreto.
¿Por qué se llama «Nunca es ahora»?
Porque todos tenemos algo que «ya contaré, cuando sea el momento». Y ese momento, sospechosamente, nunca llega. Así que aquí decidimos que el momento es ahora. Aunque el nombre diga lo contrario.
¿Qué relación tiene esto con tu novela «Sin bragas no hay miedo»?
Ese libro habla de miedos, vergüenzas y cosas que no contamos. Este proyecto es la versión real de eso: en vez de inventármelo yo solo, lo contamos entre todos.
¿Es esto un concurso? ¿Hay premio?
No, no hay premio ni ganador. El premio es ver tu historia publicada en un libro de verdad. Si buscas un concurso con premio, este no es tu sitio, pero seguramente tengo otro por ahí.
