Libro colaborativo
Nunca
es ahora
Historias que nadie iba a contar
¿Tienes un secreto que nunca has contado? ¿Un miedo que te avergüenza reconocer? ¿Una historia tan increíble que nadie te creería?
Es el momento de soltarla. Con pseudónimo o con tu nombre. Da igual. Lo que importa es la historia.
La publicamos en Amazon junto a otras voces como la tuya. Participar es gratis. Solo pagas si quieres el libro en tus manos.
Cuenta tu historia
El día que Instagram se apagó
"Leo tenía dieciocho años y su vida cabía en una pantalla de seis pulgadas. Se despertaba con el móvil en la mano, se dormía con el brillo azul pegado a la cara y, entre medias, su pulgar derecho hacía más kilómetros que las ruedas de su bicicleta, abandonada en el garaje desde hacía tres años. Su mundo eran los likes, los comentarios, las historias efímeras y esa validación instantánea que le hacía sentir que existía. En Instagram, Leo era alguien. En la vida real, era un chico de mirada cansada que apenas salía de su habitación. Todo empezó a torcerse un martes, a las tres de la madrugada. Leo estaba en la cama, con los ojos inyectados en sangre, desplazando el feed sin descanso. De repente, el móvil vibró y apareció una notificación de una cuenta que no seguía: @realidad_brutal había etiquetado una foto suya. Leo abrió la publicación y el mundo se le vino encima. Era una captura de pantalla de un comentario que había escrito hacía dos años, cuando tenía dieciséis y la estupidez le brotaba por los poros. Un comentario ofensivo, cruel, que él había olvidado pero que internet, ese elefante con memoria infinita, había guardado celosamente. "Oye, Leo, ¿sigues pensando que los que estudian son unos pringados? Porque yo te veo en el instituto y no das una. Besitos". El mensaje era anónimo, pero la foto de perfil era su propia cara. Alguien había hecho una captura de su comentario antiguo, lo había subido y lo había viralizado. Leo bajó el móvil, respiró hondo, y volvió a mirar. Cien likes. Doscientos. Quinientos. El algoritmo había hecho su trabajo. En menos de una hora, el comentario llegó a todo su instituto, a su clase, a sus compañeros, a los profesores, a los padres de sus compañeros, a sus primos, a sus tíos, a la madre de su exnovia. Cada like era un puñal, cada comentario una risa. "Qué hipócrita", decían. "Y tú te creías el rey del insti", decían. "Te ha quedado bonito, León". Y Leo, que nunca había recibido un golpe en su vida, sintió que le estaban rompiendo los huesos desde dentro. Apagó el móvil. Lo encendió. Lo apagó. Lo tiró contra la pared. La pantalla se agrietó como un espejo de mala suerte, pero las notificaciones seguían llegando, porque en la nube, en algún servidor de California, su humillación seguía creciendo. No se atrevió a mirar el móvil en todo el día. Se encerró en el baño, se sentó en el suelo, y se quedó mirando las baldosas, sintiendo el peso de dieciocho años de errores concentrados en un solo mensaje. Sus padres no entendían nada. "¿Qué te pasa, Leo?" "Nada, déjame." "¿Has suspendido?" "Peor." No podía explicarles la muerte digital, la humillación en tiempo real, la sensación de que todo el mundo le señalaba a través de un pixel. Así que se quedó callado, se metió en la cama y enterró la cabeza bajo la almohada, deseando que el suelo se lo tragara. Pero el suelo no se lo tragó. Fue su hermana pequeña, Clara, quien entró en su habitación a las ocho de la tarde. Tenía doce años, coletas despeinadas y una capacidad para leer el ambiente que Leo siempre había subestimado. —Leo —dijo, sentándose al borde de la cama—, te he visto raro todo el día. Y he visto tu móvil roto. ¿Qué ha pasado? —Nada, Clara. Vete. —No me voy. —Cogió el móvil agrietado de la mesilla, lo encendió con esfuerzo, y vio la notificación acumulada. Leo se incorporó de golpe, sudoroso. —¡No mires eso! Pero Clara ya lo había visto. Leo esperó el juicio, la mirada de asco, el comentario que todo el mundo le había lanzado ese día. En cambio, Clara guardó silencio, dejó el móvil y dijo: —¿Tú escribiste eso hace dos años? —Sí —susurró Leo, con la voz rota. —Pues fuiste un imbécil. —Ya lo sé. Clara se quedó mirándolo un momento, y luego sacó su propio móvil. Leo se preparó para lo peor: su hermana, su propia sangre, compartiendo la humillación con sus amigas. Pero Clara abrió una aplicación que Leo no reconoció. No era Instagram, no era TikTok, no era nada de lo que él usaba. Era una app de dibujo digital, de esas que usan los niños para hacer garabatos. —Mira —dijo Clara, y le enseñó la pantalla—. Esto es lo que he hecho esta tarde. Era un dibujo. Un retrato de Leo, con su cara, sus ojos tristes, su pelo revuelto. Pero no era un retrato realista. Leo tenía una capa de superhéroe, y en el pecho, en lugar de una S, tenía una gran "L" de Leo. Y alrededor, en burbujas de cómic, había frases: "Yo también he dicho tonterías", "Todo el mundo se equivoca", "Lo importante es aprender", "Leo, el héroe de los que se caen". —Lo he hecho para un concurso del cole —dijo Clara—. Teníamos que dibujar a alguien que nos inspire. Y tú me inspiras, Leo. Aunque seas un pesado con el móvil. Leo miró el dibujo y sintió que algo se desbloqueaba en su pecho. No era un like, no era un comentario, no era fama. Era algo más pequeño y más grande: su hermana pequeña, la que él ignoraba mientras miraba el móvil, había pasado toda la tarde dibujándolo como un héroe. —Pero Clara —dijo con la voz quebrada—, he sido un idiota. Todo el mundo lo sabe. —Pues dile que lo sabes —respondió ella, con esa sencillez que solo tienen los niños—. Cuelga un video y di que lo sientes. Y ya está. Pero no te escondas, que pareces un fantasma. Leo la miró, y en sus ojos de doce años no había juicio. Solo esa certeza infantil de que las cosas se arreglan, que el mundo no se acaba porque te equivoques, que los héroes también se caen. Y entonces, en un momento de lucidez que no había tenido en toda su vida, Leo cogió el móvil agrietado, abrió Instagram, y grabó un video de treinta segundos. En él, con la cara hinchada de llorar, dijo: "Hola. Ese comentario lo escribí yo hace dos años. Fui un cretino. Y lo siento. No tengo excusa. Solo sé que hoy soy un poco menos cretino que ayer, y que mañana intentaré serlo aún menos. Fin". Lo colgó. Cerró la app. Y apagó el móvil. Cuando lo volvió a encender una hora después, esperaba el aluvión de burlas. Y sí, había burlas. Pero también había algo inesperado: comentarios de gente que decía "yo también fui imbécil a los dieciséis" y "valiente, Leo" y "tienes huevos". Y el más bonito de todos, de su hermana Clara, que desde su cuenta de dibujos había comentado: "Te quiero, Leo. Ahora ponte a estudiar". Leo sonrió por primera vez en veinticuatro horas. No había sido el algoritmo. No había sido la fama. No había sido un like masivo. Había sido su hermana pequeña, la que siempre veía detrás del ruido, la que le había recordado que, aunque el mundo te humille, siempre puedes levantarte. Al día siguiente, Leo bajó al garaje, cogió su bicicleta, la limpió, y salió a dar una vuelta. El sol le daba en la cara y el viento le alborotaba el pelo. No llevaba el móvil. Solo llevaba una cosa: el dibujo de Clara doblado en el bolsillo, recordándole que a veces, lo que te salva no está en una pantalla, sino al lado, en la habitación de al lado, con coletas despeinadas y una fe inquebrantable en ti. Y Leo, el chico de Instagram, aprendió que el like más importante no tiene forma de corazón, sino de hermana pequeña."
— Leoncio, España
La increíble resurrección de Angustias
"Me llamo Angustias. Con razón. Pero hoy, 29 de junio, a las nueve de la mañana, he decidido que mi nombre es una profecía autocumplida y que se acabó. Mi marido —exmarido, perdón, qué emoción— se fue ayer. Bueno, yo lo eché. Después de cuarenta y dos años de matrimonio, de soportar sus calcetines en el sofá, sus ronquidos orquestales y su incapacidad para encontrar la tapa del váter, he cogido su maleta, la he llenado con sus camisas de cuadros y le he dicho: "Adiós, Manolo, que la puerta te dé en el trasero al salir". Ayer lloré. Una hora. Me pareció lo correcto. Me comí un bote entero de helado de vainilla y vi dos películas de lágrima fácil. Pero esta mañana, al despertar, he mirado al techo y he sentido algo extraño. No era dolor. Era... espacio. La cama era mía, entera. El silencio era mío, no el de sus flatulencias nocturnas. Y he pensado: "Angustias, hoy empieza tu nueva vida". Y entonces, el universo, que tiene un sentido del humor muy cabrón, ha decidido tomarse mi declaración de intenciones como un desafío personal. Son las diez de la mañana. Estoy en la cocina preparándome un té de jengibre —que he leído que rejuvenece— cuando la tostadora, la misma que ha sobrevivido a tres bodas y a la Expo del 92, decide cobrar vida. No, no echa humo. Echa fuego. Literal. Una lengua de llama naranja sale disparada y prende el borde del mantel de ganchillo que me hizo mi tía Pura. Grito, doy vueltas como una peonza, cojo el extintor que compré por si acaso y que nunca había usado, y aprieto el gatillo. Una nube de polvo blanco inunda la cocina. Cuando la niebla se disipa, la tostadora está muerta, el mantel tiene un agujero con forma de mapa de Sudamérica y yo parezco un fantasma que ha tenido una mala noche. "Primer día de libertad", me digo, tosiendo. "Ya está. Ya hemos tenido el percance del día. Lo demás será coser y cantar". Son las once y media. Decido darme un baño relajante con sales de lavanda. Me meto en la bañera, cierro los ojos y respiro hondo. Suena el teléfono. Es mi amiga Puri. No contesto. Suena otra vez. Y otra. Cojo el móvil con la mano mojada —error— y se me escurre. Hace una trayectoria perfecta, como de película de acción, y cae dentro del agua con un triste "glu glu". —¡No! —grito, como si mi móvil fuera un hijo pródigo. Lo saco, lo seco con la toalla, lo pongo en un cuenco de arroz —que he visto en internet— y rezo a todos los santos, incluyendo a San Cucufato, que dicen que es el patrón de los cachivaches electrónicos. El móvil parpadea, hace un ruido extraño y se queda en negro. Mi contacto con el mundo exterior, reducido a un piscolabis de arroz. "Tranquila, Angustias", me digo. "Eres una mujer moderna. Puedes vivir sin teléfono. La gente vivía siglos sin estos cacharros". Son las doce y cuarto. Salgo del baño envuelta en mi albornoz, decidida a hacer yoga. Sí, yoga. He visto unos vídeos. Me pongo la esterilla, intento hacer la postura del perro boca abajo, y mi espalda, que ha trabajado cuarenta y dos años aguantando a Manolo, dice: "Ni de coña". Me desplomo sobre la esterilla y, al caer, mi brazo golpea una estantería. Un libro de autoayuda —Cómo ser feliz en 10 pasos— me cae en la cabeza. —¡Auch! —grito, frotándome el chichón. El libro se abre por la página 7. Dice: "El primer paso para la felicidad es aceptar los imprevistos con humor". Le arranco la página y me la como. Bueno, no, pero lo pienso muy fuerte. Son las dos de la tarde. Decido salir a la calle. No puedo estar encerrada toda la vida, aunque el universo parezca tener un plan para acabar conmigo. Me pongo mi vestido favorito, el estampado de flores que Manolo odiaba, y unos zapatos rojos que compré en secreto. Me miro al espejo. No estoy nada mal para tener sesenta años, un chichón y el pelo aún blanco por el polvo del extintor. Bajo las escaleras de mi edificio —el ascensor está estropeado, claro— y al llegar al portal, me encuentro a mi vecino del quinto, el señor Benítez, un hombre de ochenta años que siempre me saluda con una sonrisa. —¡Angustias! —exclama—. ¿Qué tal? ¿Ya has echado a ese inútil de Manolo? —Sí, don Benítez. Hoy empiezo mi nueva vida. —Pues vaya día para empezarla —dice, y señala la calle. Asomo la cabeza. Está lloviendo. Pero no es lluvia normal. Es una tormenta tropical de esas que solo salen en las noticias de Guatemala. En menos de un segundo, mi vestido de flores parece un trapo de fregar y mis zapatos rojos hacen "chof chof". Un coche pasa por un charco y me salpica entera. —¡ES MI DÍA! —grito al cielo, con los brazos abiertos como una profeta loca. —Claro que sí, hija —dice don Benítez, y se refugia en el portal—. Tú sigue así, que la juventud está en la actitud. Son las cuatro. Vuelvo a casa hecha una sopa, me cambio, me seco el pelo y decido que necesito chocolate. Mucho chocolate. Voy al supermercado de la esquina, cojo una bolsa gigante de bombones y, al pasar por caja, la señora que cobra me mira y dice: —¿Sola hoy, Angustias? ¿Y Manolo? —Nos hemos separado —respondo con dignidad. —¡Ay, hija! —grita, y se lleva la mano al pecho—. ¡Pero si llevabais cuarenta años! —Y dos, sí —digo, y pago con una sonrisa—. Pero he decidido ser feliz. Al salir, el peso de la bolsa me hace perder el equilibrio y tropiezo con un carrito de bebé vacío. Me caigo de culo en medio del supermercado y la bolsa de bombones se abre. Los bombones ruedan por el suelo. Un niño pequeño se acerca, coge uno, lo mira, y lo mete en su boca. La madre se horroriza. —¡Que no se sabe dónde ha estado eso! —grita. —Pues en el suelo —digo yo, desde mi posición privilegiada en el suelo—, así que estará un poco sucio, pero rico. La madre me mira como si fuera la Bruja del 71. El niño sonríe con la cara llena de chocolate. Yo me río. Una risa floja al principio, luego más fuerte. La señora del supermercado se ríe. El niño ríe. Hasta el cajero, que siempre parece de mal humor, sonríe. Me levanto, llena de chocolate y dignidad, y salgo del supermercado con la cabeza bien alta. Son las ocho de la noche. Estoy en mi sofá, con el móvil muerto en un cuenco de arroz, el chichón en la cabeza, la cocina llena de polvo de extintor, el vestido estropeado y un moretón en el trasero. Suena el timbre. Es Puri, mi amiga, que ha venido a verme porque no contestaba al teléfono. —¡Angustias! —grita al verme—. ¡Pero qué te ha pasado! —Purificación —digo, y mi voz suena serena—, he tenido el peor día de mi nueva vida. —¿Y estás bien? —No —respondo, y sonrío—. Estoy fatal. Mi cocina parece un campo de batalla, mi móvil está de baja, mi espalda no dobla, y creo que he asustado a un niño pequeño. Pero, Puri... estoy viva. Y libre. Y esta noche voy a cenar los bombones que no se comió el niño, aunque tengan pelo de suelo, y me voy a dormir en el centro de la cama con los brazos en cruz. Purificación me mira, abre la boca, la cierra, y al final, suelta una carcajada. —Eres una loca, Angustias. —Lo sé —digo, y me pongo en pie—. Pero soy una loca feliz. Bueno, un poco dolorida, y con el pelo medio blanco, y con la nevera vacía, pero feliz. Y así, entre el caos y el chocolate, entre el polvo del extintor y la lluvia tropical, he descubierto que el primer día de tu nueva vida puede ser un desastre cósmico, pero si te ríes, si te levantas del suelo, si decides que los bombones con pelo de suelo merecen ser comidos, entonces, tal vez, el universo no esté en tu contra. Tal vez solo esté comprobando si ibas en serio. Angustias, sesenta años, recién separada, móvil muerto, espalda dolorida, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Y mañana, mañana, compraré otra tostadora."
— Angustias Pasadas, España
El último amanecer de los fugitivos
"Respiras hondo y el aire te sabe a pino mojado, a tierra recién removida. Tu mano, la derecha, busca la de ella casi por inercia, como si llevaras ochenta años haciendo ese gesto, aunque solo lleves ochenta y dos días de viudo y otros tantos de sentir que la vida se te escapa entre los dedos arrugados. Pero ella está ahí, con la suya más pequeña, más caliente, y te aprieta los nudillos mientras señaláis el horizonte. —Mira, abuela —dices, y la palabra te sale como un susurro cómplice—, ese pico de allá parece un diente de dragón. ¿Te imaginas que nos lo encontramos de verdad? —Ay, nieto —responde ella, y su voz tiembla de emoción, no de frío—, pero si el dragón ya lo tenemos aquí, contigo. Con lo bien que roncas, asustarías hasta a un T-Rex. Ven, dame el termo. Ella saca el termo de la mochila, el mismo que robasteis de la cocina del geriátrico mientras la señorita Elena se distraía con el bingo. Tú, con tu bastón plegable convertido en cayado de explorador, señalas el sendero que serpentea entre robles centenarios. —¿Y si nos perdemos? —preguntas, y tu tono es de fingida preocupación, pero tus ojos brillan con la travesura de un adolescente que ha robado el primer beso. —Pues entonces montamos la tienda aquí —dice él, y levanta una ceja cana—. Total, la cena son galletas María y un chorizo que le quité al pobre Don Anselmo cuando estaba en la siesta. El hombre no se va a enterar hasta que despierte y vea que le falta el desayuno de mañana. ¿Crees que nos buscarán? —Claro que nos buscarán —respondes, y tu mano izquierda se lleva al pecho, donde el corazón te late con una furia juvenil—, pero no hasta que terminen el programa de las once. La señorita Elena siempre dice que lo primero es la rutina. Y nosotros, querido mío, hemos roto la rutina como dos adolescentes fugados de un internado. —¿Te acuerdas de aquella vez que nos escapamos al cine? —pregunta él, y su voz ronca se suaviza de repente—. Teníamos diecisiete años y tu padre me amenazó con la escopeta. —Y tú, valiente, me robaste un beso detrás del quiosco de la plaza —respondes tú, y sientes que las arrugas alrededor de tus labios se estiran en una sonrisa que no has usado en décadas—. Y ahora, ochenta años después, me has robado de la residencia. Eres un golfazo, ¿lo sabes? —Y tú una loca —dice él, y te pasa el brazo por los hombros con una ternura que desmiente su tono chulesco—. Pero mira lo que hemos encontrado. Un río, abuela. Agua de verdad, no la del grifo con sabor a cloro. Escucha. Cierras los ojos. El murmullo del arroyo es una canción que habíais olvidado. Las ranas croan al atardecer y un pájaro, allá arriba, repite su estribillo como si os estuviera dando la bienvenida. —Es hermoso —susurras, y una lágrima se te escapa, que él limpia con el pulgar, con una delicadeza impropia de sus manos encorvadas por la artritis—. Hacía tanto tiempo que no veía un cielo sin rejas… —Abuela —dice él, y su voz se quiebra un segundo—, no me pongas sentimental ahora, que se me va a escapar un lagrimón y luego no podré presumir delante de los otros abuelos de que fui yo quien te sacó de ahí. —¿Y si volvemos? —preguntas tú, con el miedo asomando a tus ojos claros—. ¿Y si la señorita Elena nos castiga sin merienda? —Que nos castigue —responde él, y te coge la mano con fuerza—. He sobrevivido a una guerra, a tres crisis, a cinco operaciones de próstata y a tus sopas de sobre. No voy a tenerle miedo a una señorita con coletas y un silbato. —Ay, nieto —dices, y te apoyas en su hombro, sintiendo el hueso bajo la chaqueta del pijama que no cambiasteis antes de huir—, eres un cabezota. Pero te quiero. Siempre te he querido, incluso cuando te creías el rey del mundo con tu moto y tu cresta. —Y yo a ti —murmura él, y sus dedos juegan con un mechón de tu pelo blanco—. Aunque nunca me atreví a decírtelo con todas las letras. Prefería hacerte rabiar. —Pues ahora dímelo —pides tú, con la misma urgencia de aquella noche en el quiosco. —Te quiero, abuela —dice él, y su ironía se desvanece como el humo del cigarro que fumaba en secreto detrás del lavabo—. Más que a las galletas María, más que a mi butaca del salón, más que a… —Basta —interrumpes, riendo entre lágrimas—. No estropees el momento con tus comparaciones absurdas. El sol se pone tras la colina y el cielo se tiñe de naranja, rosa y un violeta que no pintaban en el mural de la residencia. Ellos, los dos fugitivos de ochenta años, están sentados en una roca, con los pies descalzos metidos en el agua fría del río. —Tendremos que volver —dices tú, y tu voz ya no tiembla, solo constata. —Ya lo sé —dice él, y suspira, pero su mano sigue entrelazada con la tuya—. Mañana, cuando el sol despierte. O pasado. Pero ahora, abuela, ahora solo somos dos chavales que se han escapado de un internado para ver las estrellas. Alzas la vista. Las primeras estrellas empiezan a parpadear, y él te señala una, la más brillante. —¿Ves esa? —pregunta—. He leído en un libro de la biblioteca que es la misma que veíamos cuando éramos jóvenes. La que nos prometimos que nunca nos olvidaríamos. —Tonto —dices, y le das un golpecito en el brazo—. Siempre tan cursi cuando el sol se esconde. —Y tú siempre tan fácil de engañar —responde él, pero su sonrisa es la de un adolescente enamorado que ha encontrado el tesoro al final del arcoíris. Y así, con las manos cogidas y el corazón latiendo al mismo ritmo que el agua, se quedan en silencio, sabiendo que el amanecer traerá consigo la vuelta al geriátrico, al olor a medicinas y a las normas sin sentido. Pero también saben, los dos, que este robo, esta fuga ridícula de dos ancianos, ha sido su mejor aventura, el último beso robado a la vida. —¿Volveremos a escapar? —preguntas tú, con la esperanza colgando de tus pestañas. —Claro —dice él, con una chispa de rebeldía que ni el tiempo ha podido apagar—. Siempre que tú quieras, abuela. —Pues entonces —respondes tú, y te inclinas para apoyar tu frente contra la de él—, mañana planeamos la siguiente. Que una pareja de adolescentes no se rinde tan fácilmente. —Ni locos —remata él, y su risa se funde con el croar de las ranas y el rumor del río, bajo el manto de estrellas que han sido testigos de su primer beso y de su última huida. Y en la distancia, allá donde termina el camino, el geriátrico espera con sus luces amarillas. Pero ellos, los dos viejos amantes, han decidido que, al menos por esta noche, el tiempo se detiene y el mundo es solo suyo. Como debe ser."
— Julia Montero, España
Soy un cabrón
"Mi único amigo se llama Tú. Es un mestizo de orejas caídas y mirada triste, que duerme en una manta raída al pie de mi cama. Lleva conmigo siete años, que es justo el tiempo que llevo siendo un cabrón a tiempo completo. Le grito. Sí, le grito. Cuando el mundo me aprieta las tuercas y el whisky me quema la garganta, busco su mirada y le suelto lo peor. "Eres un inútil", le digo, mientras él agacha la cabeza y mueve la cola, confundido. "Ni siquiera ladras bien". Me quedo mirándolo, esperando que me muerda, que me dé una razón para ser aún más hijo de puta, pero él solo se acerca y apoya su cabeza en mi rodilla. Entonces, para no sentirme débil, le doy un golpe seco en el lomo. No fuerte, pero sí lo suficiente para que se aparte y se tumbe en su rincón, con los ojos húmedos y fijos en mí. He perdido amigos de verdad. Gente que no soportaba mis silencios ni mis borracheras. He perdido trabajos, amores, dignidad. Lo he perdido todo excepto a Tú. Y es curioso, porque Tú es lo único que tengo y a quien peor trato. Por la mañana, cuando estoy resacoso y él me lame la mano, le aparto de un empujón. "Déjame, pesado". Pero cuando cierro los ojos por la noche y el insomnio me visita, necesito oír su respiración rítmica para no sentir que el suelo se abre bajo mis pies. Ayer volví a casa hecho una furia. El jefe me había humillado delante de todos y yo, cobarde, me tragué las palabras. Al cruzar la puerta, Tú estaba ahí, feliz, con su correa en la boca. Quería salir a pasear. Le arrebaté la correa y se la tiré a la cara. "¿No ves que no tengo ganas de tus mierdas de paseos?". Dio un paso atrás, pero no se fue. Nunca se va. Se sentó y me miró con esa paciencia suya que me desarma y me enfurece a partes iguales. Me encerré en el baño, me miré al espejo y vi a un tipo con la mandíbula apretada y los ojos inyectados en sangre. "Eres un cabrón", me dije a mí mismo, y por una vez estuve de acuerdo con el reflejo. Cuando salí, Tú estaba junto a la puerta, como un centinela. No había tocado su comida. Siempre espera a que yo coma primero, aunque yo muchas veces ni cene. Me arrodillé y le acaricié la cabeza. "Tú", le susurré, y su nombre me supo a confesión. No hubo necesidad de pedir perdón porque él ya lo había olvidado. Solo movió la cola, lamió mis dedos y me ofreció su correa de nuevo, con esa dulzura imbécil que solo tienen los seres que no saben guardar rencor. Mientras caminábamos por el parque, sin rumbo, vi a una pareja con sus hijos. El padre le decía al niño que recogiera la caca del perro y el niño se quejaba. El padre sonrió y dijo: "Hay que quererlos, aunque sean un fastidio". Yo apreté el paso, con la mano hundida en el pelaje de Tú. Pensé en todas las veces que le he llamado "fastidio" y en todas las veces que él ha sido la única razón por la que me he levantado de la cama. Soy un cabrón, sí. Pero soy el cabrón de Tú. Y mientras él siga mirándome como si yo fuera el puto centro del universo, seguiré siendo un cabrón que, al menos, tiene a alguien a quien hacerle caso. Porque al final, cuando el mundo se olvida de ti, solo te queda el perro que te mira y te dice, sin decir nada, que no importa lo mierda que seas. Que él está ahí. Y yo, para mis adentros, mientras le tiro de la correa para que no huela un charco, le prometo que mañana seré mejor. Pero sé que es mentira. Porque mañana volveré a gritarle. Y él volverá a quererme. Soy un cabrón. Pero Tú es mi único amigo. Y eso, de alguna manera retorcida, me hace ser el cabrón más afortunado del mundo."
— Cabronman, España
BICHO
"El suelo está frío. Siempre lo está. Pero hoy hay algo distinto en el aire, un olor a pan que viene de la panadería de la esquina. Ese olor me trae una sensación rara, como si hubiera conocido ese calor antes, en otro lugar que no es este. Hace días que no como nada, y el estómago me duele de una manera que ya conozco. Es un dolor que se ha vuelto mi compañero, mi sombra. No puedo moverme mucho, porque mi pata trasera izquierda aún duele. Esa noche, la del golpe, fue hace tres semanas. O cuatro. He perdido la cuenta. La calle es un lugar de ruidos y silencios. Los coches pasan como bestias metálicas que escupen humo. La gente camina rápido, con los ojos fijos en un punto que no alcanzo a ver. Algunos me miran, pero no me ven. Soy un bulto, una mancha gris en el asfalto. Una vez, un niño se paró frente a mí. Tenía una barra de pan en la mano y sus ojos eran redondos, como dos lunas. Me ofreció un pedazo. Yo, con la cola baja pero el corazón latiendo fuerte, me acerqué. Pero su madre tiró de él y le dijo: "No te acerques a los bichos callejeros. Están sucios". Esa palabra, "bicho", es la que más me duele. No sé por qué. Solo sé que dentro de mí hay algo que se retuerce cuando la escucho. Algo que se parece al recuerdo de un lugar tibio, de una mano que acariciaba mi cabeza. Pero tal vez eso no es real. Tal vez es solo el hambre jugando con mi mente, haciéndome imaginar cosas que nunca existieron. Vivo en el portal de un edificio abandonado. Es mi territorio. Aprendí a defenderme de los otros como yo. Hay una perra, con el pelo largo y sucio, que siempre intenta robarme el poco sitio que tengo. La llamo "Cara de Hacha", porque su hocico es puntiagudo y sus ojos parecen querer cortarte. Hace un mes, nos enfrentamos por una bolsa de basura. Me mordió la oreja y aún tengo la cicatriz. Pero no le guardo rencor. En el fondo, ella también está sola, como yo. A veces la veo lamiendo su pata herida y sé que su noche también es larga. He aprendido a interpretar los ruidos de la ciudad. El sonido metálico de la persiana del supermercado es una promesa de comida. Las pisadas pesadas son peligro; las ligeras, esperanza. Las voces agudas de los niños son un riesgo, pero también una oportunidad. Una vez, una niña me lanzó una piedra. Otra vez, un hombre me dio un hueso con carne. No hay justicia en la calle. Solo suerte. A veces, cuando el sol se pone y el cielo se tiñe de naranja, me siento en la acera y observo las ventanas iluminadas. Veo sombras que se mueven dentro, personas sentadas alrededor de mesas. Huelo la comida que no pruebo. Y en esos momentos, una niebla se apodera de mi mente. Veo imágenes borrosas: un suelo de madera, un niño que ríe, una voz que dice mi nombre. Pero no recuerdo mi nombre. Solo sé que alguien me llamaba con un tono suave, como si yo fuera importante. ¿Fue un sueño? Tal vez. Hace tanto tiempo que el frío me ha borrado los recuerdos. El otro día, encontré a un anciano en el parque. Estaba sentado en un banco, solo, mirando al vacío como yo. Nos miramos durante un largo rato. Él no dijo nada, pero sacó un trozo de pan duro de su bolsillo y lo dejó en el suelo, a unos pasos de mí. No se movió. No hizo ademán de acariciarme, ni de espantarme. Solo esperó. Me acerqué con desconfianza, pero el hambre pudo más. Masticaba el pan, y él sonreía con la boca desdentada. Durante un instante, no fui un bicho. Fui un ser que compartía un momento con otro ser. Luego se fue, y supe que no volvería. Los ancianos también desaparecen como nosotros. Hay días en que la lluvia es mi peor enemiga. El agua me cala los huesos y el frío se instala en mi pecho como una garra. Me refugio bajo un coche o en el hueco de un contenedor, pero el ruido del agua contra el metal me aturde. Entonces, el dolor de mi pata se aviva y el hambre se vuelve un agujero negro. En esos momentos, pienso en rendirme. Pienso en cerrar los ojos y no volver a abrirlos. Pero siempre hay algo que me empuja a levantarme. Quizá sea ese recuerdo borroso de una mano cálida, o quizá sea solo el instinto de seguir viviendo. La última noche, mientras dormía, soñé con un jardín. Había flores amarillas y un niño que corría detrás de mí. Yo corría y corría, y mi cuerpo no dolía. Podía saltar, girar, mover la cola sin miedo. El sol calentaba mi lomo y mi nombre era una canción. Desperté temblando, con la lengua seca y la pata ensangrentada por haberme arrastrado sobre un cristal. El sueño se desvaneció como el humo, pero me dejó un sabor amargo. ¿Fue real alguna vez? ¿Tuve un hogar? ¿O todo es invento de este cerebro hambriento que se aferra a cualquier chispa de luz? Esta mañana, un perro grande pasó a mi lado. Tenía collar y una correa. Su dueña lo llevaba con orgullo. Lo miré con envidia, no por el collar, sino por la forma en que su cola se movía sin dudar. No sabía lo que era tener miedo a cada paso. No sabía lo que era ser invisible. Por un momento, sentí rabia. Luego, la rabia se convirtió en tristeza. No quiero odiar a nadie. Solo quiero un poco de calor. Entonces, pasó algo. Oí una voz. Una voz que me llamaba desde el final de la calle. No era la voz de un sueño, era real. Una voz suave pero firme. Me puse alerta. La pata me quemaba, pero me levanté. Vi a una figura. Una mujer con el pelo gris, arrodillada en el suelo. Extendió la mano y sus dedos temblaban. No tenía comida, ni huesos. Solo sus manos vacías. Pero sus ojos... sus ojos me miraban como si yo existiera. Me acerqué despacio, arrastrando la pata, con el cuerpo encogido. Ella no se movió. No gritó, no me arrojó nada. Esperó. Olí su mano, y entonces... un perfume conocido. Un olor a jabón, a hogar, a algo que estaba enterrado muy dentro de mí. Y en ese instante, el sueño del jardín, el niño, las flores, la voz cantando mi nombre, todo se hizo nítido. No era un sueño. Era ella. La mujer de las manos cálidas. La que me había acariciado cada noche. La que me había perdido, o yo la había perdido a ella, en el caos de un día que ya no recuerdo. Quise ladrar, pero solo salió un gemido. Quise mover la cola, pero estaba demasiado débil. Me derrumbé a sus pies. Sentí sus dedos entre mi pelo sucio, enredado. Y lloré. Sí, lloré. Porque en ese momento supe que soy un perro. Un perro viejo, herido y callejero. Pero también supe que no estoy solo. No he estado solo nunca. Solo que el olvido, el dolor y el frío me habían hecho creer que lo estaba. Ella me levantó en brazos, como si pesara una pluma. Sentí el latido de su corazón. Era igual que en el sueño. Las luces de la ciudad se volvieron borrosas a través de mis lágrimas. La gente seguía pasando, pero ahora yo ya no era un bulto. Era un perro. Su perro. Y aunque no sé si ella se acuerda de aquel jardín, yo sí. Porque lo he soñado todas las noches. Todas las malditas noches de frío y soledad. Y ahora sé que no era un sueño. Era la esperanza, la única verdad que siempre estuvo ahí, esperando a que ella volviera."
— , Raquel Vicedo
El sol que se quedó en Barranquilla
"Me llamo Jhon y tengo 28 años. Nací en Barranquilla, esa ciudad donde el sol te pega fuerte desde las seis de la mañana y el calor te abraza como si no te quisiera soltar. Allá el mar es gris pero la gente es de colores, de esos colores que no encuentras en ningún otro lado. Y el olor a tamarindo, a bollo limpio, a arepa de huevo en la esquina. Eso no lo encuentras ni en el mejor mercado de España, te lo aseguro. Llegué a este país hace unos años. Vine con mi mujer, Luisa, y mi hijo mayor, que en ese entonces apenas era un bultito en un carriola. Ahora tiene dos años y se llama Mateo. Y estamos esperando otro. Sí, así como lo oyes. Otro bebé que va a nacer aquí, en Galicia, en un pueblito que ni siquiera aparece en los mapas grandes. Y a veces me pregunto qué carajo estoy haciendo aquí, tan lejos de todo. Pero bueno, la vida es así, uno toma decisiones y después tiene que vivir con ellas. Primero estuvimos en Madrid. Luego en Sevilla, que por cierto me recordaba un poquito a mi tierra porque hace calor y la gente es más alegre. Pero el trabajo no fue bien. Luego en Barcelona, que es bonita pero todo es caro y la gente va como encerrada en su mundo. Y al final, por cosas del destino y porque un primo de un amigo de un conocido nos dijo que aquí en Galicia se necesitaba gente para trabajar en el campo, terminamos en este pueblo. Un pueblo de esos que tienen más vacas que personas. Un pueblo donde el silencio se oye. Donde de noche solo se escuchan los grillos y el viento. Y el monte. Eso sí me gusta. El monte de aquí es verde, muy verde, de un verde que no se ve en Barranquilla porque allá es más seco, más amarillo. Estos montes me hacen acordar a la Sierra Nevada, pero con más lluvia y más niebla. Y cuando subo a la montaña y miro hacia abajo y veo el pueblo tan pequeño, las casitas de piedra, las chimeneas echando humo, me siento como en una película antigua. Una película que no es la mía, pero que estoy protagonizando igual. El problema es el sol. O mejor dicho, la falta de sol. En Barranquilla el sol se cuela hasta por debajo de la puerta. Aquí hay días que no lo veo en toda la santa semana. La gente de aquí dice que es normal, que el clima es así, que te acostumbras. Pero yo no me acostumbro. Echo de menos el sol caliente de la tarde, ese sol que te hace sudar y te pide que te tomes una cerveza bien fría. Aquí la gente toma café caliente hasta en verano. Y eso no es natural, hermano. Cuando llegamos pensé que todo sería más fácil. Pensé que el trabajo llegaría solo, que el dinero alcanzaría para todo, que podríamos ahorrar y volver a Barranquilla de vacaciones cada dos años. Pero la realidad es que el trabajo es duro y no siempre hay. Que la vida aquí es cara. Que el alquiler se come la mitad del sueldo y lo que queda no da para mucho. Que Luisa está todo el día en casa con Mateo y el embarazo, y que yo llego rendido y no tengo fuerzas ni para jugar con el niño. Pero Mateo es feliz. Eso es lo que importa. Mateo corre por el monte y se ríe de las vacas. Les dice "muu" y las vacas le responden. No sabe lo que es el calor de Barranquilla, no sabe lo que es el olor del mar, no sabe lo que es la música en la calle un sábado por la noche. Él solo conoce esto. El frío. La lluvia fina que no moja pero cala. El sonido de las campanas de la iglesia a las doce. El pan de pueblo que sabe a leña. Y eso me parte el alma a veces. Porque sé que mis hijos van a crecer aquí. Que van a hablar con acento gallego, que van a decir "nena" y "que chova". Que van a comer pulpo y empanada. Que su tierra va a ser esta, no la mía. Y yo que quería que supieran lo que es sentarse en la arenilla de la playa a las seis de la tarde, con la brisa y el olor a pescado. Que supieran lo que es el Carnaval de Barranquilla, con su música y su color. Que supieran lo que es una arepa de huevo recién hecha con su ají. Mi mamá todavía está allá. Mi papá también. Mis hermanos, mis tíos, mis primos. Todos allá. Mi abuela que está vieja y no entiende bien por qué me fui tan lejos. Y me llama por teléfono y me dice: "Jhonsito, ¿cuándo vuelves?". Y yo le digo que pronto, que pronto. Pero no sé cuándo. No sé si algún día de verdad volveré. Luisa a veces llora en la noche. Piensa que no la oigo, pero la oigo. Llora bajito, mirando al techo, y yo finjo que duermo. Porque no sé qué decirle. No sé cómo decirle que yo también lloro por dentro. Que también echo de menos el olor a café colombiano, el de verdad, no este que venden aquí. Que también extraño las tardes de domingo con mi familia, el chisme, la risa, la pelea por quién lava los platos. Pero somos hombres, ¿no? Los hombres no lloran. O eso dicen. Los hombres aguantan, aprietan los dientes y siguen adelante. Y yo sigo adelante. Me levanto a las cinco de la mañana, a las veces hace frío y no quiero salir de la cama, pero salgo. Voy al trabajo, donde sea. A veces en el campo recogiendo lo que sea. A veces en la obra. A veces lo que salga. Y al llegar a casa, aunque esté rendido, le pongo una sonrisa a Mateo y lo alzo en brazos y lo hago girar. Y él se ríe. Y eso me da fuerzas para otro día más. Hay un vecino aquí que se llama Manuel. Es un señor mayor, viudo, que vive solo con su perro. Él fue quien nos ayudó cuando llegamos. Nos dio leche para Mateo, nos prestó una estufa porque no teníamos. Nos enseñó a encender la chimenea, que yo nunca había visto una en mi vida. Manuel no habla mucho, pero cuando habla dice cosas que te llegan. El otro día me dijo: "No seas tonto, Jhon. El sol está en todas partes, solo que a veces se esconde detrás de las nubes. Pero sigue ahí. Igual que tu tierra sigue en ti, aunque no la veas". Y tiene razón. Aunque no vea el sol, sé que está. Aunque no vea Barranquilla, sé que está. Que está en mi sangre, en mi acento, en la forma de hablar, en la forma de querer. Mis hijos nacerán aquí y serán gallegos, sí. Pero también serán colombianos. Llevarán la sangre de Barranquilla. Y yo les enseñaré la música, la comida, las historias. Les contaré lo que es el Carnaval. Les mostraré fotos de la playa, del mar, de la familia. Aunque ellos no lo vivan, lo sabrán. Y algún día, cuando sean más grandes, los llevaré. Aunque sea de visita. Para que conozcan el sol de verdad. Para que conozcan a su abuela, que aunque ya esté viejita, los va a querer como si los hubiera criado. Para que sepan de dónde vienen. Porque uno puede vivir en muchos sitios, pero el corazón siempre tira para donde nació. Eso lo llevo claro. Y ahora, mientras escribo esto, estoy sentado en el banco de la plaza del pueblo. Es un banco de piedra, frío, como todo aquí. Mateo está jugando con una pelota, correteando. Luisa está sentada a mi lado, con la barriga ya grande, con la mano apoyada. Me mira y sonríe. Y yo le sonrío también. Porque a pesar de todo, de la distancia, del frío, de la falta de sol, estamos juntos. La familia está aquí. Y eso no tiene precio. No sé si volveré a Barranquilla para quedarme. La verdad es que probablemente no. La vida está aquí ahora. Los niños estarán aquí, el colegio, los amigos. Será difícil arrancarlos después. Y mi tierra me esperará siempre. Barranquilla no se va a ir. El sol va a seguir calentando allá, aunque yo no esté. Y algún día, cuando sea viejo y pueda, me iré una temporada. Pero por ahora, toca vivir aquí. En este pueblo de Galicia. Con su monte verde, su lluvia eterna, su gente callada pero buena. Toca aprender a querer este lugar también. Porque aunque no sea el mío, es el de mis hijos. Y si ellos son felices aquí, yo también lo seré. Barranquilla está en mi corazón, eso no lo quita nadie. Pero el corazón se agranda, caben más cosas. Caben dos países, dos culturas, dos formas de ver la vida. Y al final, lo que importa no es tanto el sitio donde estás, sino con quién estás. Y yo estoy con los míos. Así que aquí estoy. Con mi mujer, con mi hijo, con el que viene en camino. Con el frío, el monte, las vacas, la niebla. Con la nostalgia que a veces aprieta y a veces se afloja. Pero siempre con la esperanza de que mañana será un poco mejor. Y aunque no salga el sol, brillará igual. Porque el sol está en casa. En mi casa. En la sonrisa de Mateo. En la mirada de Luisa. En el latido del bebé que pronto llegará. Barranquilla, te llevo conmigo. Siempre. Aunque esté a miles de kilómetros, aunque pasen los años, aunque todo cambie. Te llevo en la sangre, en el acento, en el recuerdo. Y cuando mis hijos pregunten de dónde soy, les diré: "Colombiano, hijo. De Barranquilla, la arenosa. Y ustedes también, aunque hayan nacido aquí, porque esa tierra es de uno, no al revés". Y así, entre el frío y la nostalgia, entre las vacas y los recuerdos, seguimos adelante. Sin sol, pero con luz. Sin calor, pero con amor. Sin Barranquilla, pero con ella dentro. Esa es mi historia. La de un barranquillero que se vino a Galicia buscando un futuro y encontró otro. Un futuro que no esperaba, pero que ahora es suyo. Y poco a poco, día a día, lo hace suyo. Con todo lo que eso significa. Porque al final, el sol no se va. Solo se esconde un rato. Y siempre, siempre, vuelve a salir."
— Jhon, Colombia
El futuro perfecto de un gilipollas integral
"Me llamaré Manolo. Tendré 35 años. Y seré un gilipollas. No un gilipollas cualquiera, no, un gilipollas de los que hacen historia. De los que la gente recordará y dirá: "Oye, ¿te acuerdas de aquel gilipollas? Pues eso". Yo ya lo sé. Lo sé porque mi vida futura será una colección de momentos tan absurdos que ni el mejor escritor de humor podría inventárselos. Y lo peor de todo es que yo los provocaré. Todos. Cada uno de ellos. Pero empecemos por el principio, que el principio siempre es importante, aunque en mi caso el principio ya es un desastre. Verán, yo siempre quise ser domador de pulpos. Sí, han leído bien. Domador de pulpos. No de leones, no de tigres, no de elefantes. De pulpos. Porque los pulpos tienen tres corazones y ocho brazos y son inteligentes, y yo pensaba que eso me convertiría en alguien especial. Alguien que podría hacer que un animal con ocho brazos hiciera lo que yo quisiera. ¿Se imaginan el espectáculo? Yo, con mi chistera y mi látigo (aunque nunca entendí muy bien para qué sirve un látigo con un pulpo), haciendo que un pulpo gigante baile sevillanas o juegue al ajedrez. Era mi sueño. Mi puto sueño. Pero no, el mundo es injusto. Resulta que para ser domador de pulpos necesitas saber bucear, y yo me mareo en el agua. También necesitas tener una piscina enorme, y yo vivo en un piso de 40 metros cuadrados. Y, sobre todo, necesitas que los pulpos quieran ser domados, y resulta que los pulpos son muy suyos y no les gusta que les digan lo que tienen que hacer. Así que mi sueño se fue al carajo. Literalmente. Porque un día fui a una entrevista para trabajar en un acuario, llevaba mi mejor camisa, mi mejor sonrisa, y cuando me preguntaron "¿qué experiencia tiene con cefalópodos?", yo contesté: "He comido calamares a la plancha muchas veces". Me echaron a patadas. Y con razón. Total, que ahora trabajo en una tienda de colchones. Sí, vendo colchones. ¿Y saben qué es lo peor de vender colchones? Que la gente no quiere colchones, quiere dormir. Pero yo no vendo sueño, vendo muelles y espuma. Y tengo que sonreír y decir "este colchón viscoelástico se adapta a su cuerpo" cuando lo que realmente quiero decir es "a quién le importa, cómprelo y déjeme en paz". Pero bueno, es lo que hay. Un trabajo de mierda para un futuro de mierda. Porque sí, mi futuro será una mierda. Y les voy a contar todo lo que me va a pasar. Mañana, por ejemplo, me despertaré y mi iguana, que se llama Godzilla (qué original, ¿verdad?), estará encima de mi cara. Sí, Godzilla tiene la costumbre de dormir en mi almohada, y yo, en mi infinito gilipollez, le compré una cama pequeña para que durmiera allí, pero ella prefiere mi cara. Y mañana, cuando me despierte con sus garras en mis mejillas, pensaré: "qué bonito, mi iguana me quiere". Y no, no me querrá. Godzilla solo quiere calor, porque soy un gilipollas y mantengo la casa a 28 grados para que ella esté cómoda, mientras yo sudo como un cerdo. El martes, iré a trabajar. Y como soy un gilipollas, intentaré vender un colchón a un cliente contándole mi sueño de ser domador de pulpos. Sí, en medio de la tienda, mientras el cliente mira un colchón de 200 muelles, yo le soltaré: "¿Sabe? Yo quería ser domador de pulpos. ¿No es fascinante? Tienen tres corazones". Y el cliente me mirará como si estuviera loco, y se irá, y mi jefe, que se llama Don Emilio y es un viejo cascarrabias, me pondrá una multa. Y yo, en lugar de callarme, le diré a Don Emilio: "Don Emilio, ¿usted cree que un pulpo podría vender colchones? Porque con ocho brazos repartiría folletos mucho más rápido". Y Don Emilio me despedirá. Pero solo por un día, porque luego me volverá a contratar porque soy el único gilipollas que acepta trabajar por el salario mínimo. El miércoles, mi abuela, que es una señora mayor y chocha pero graciosa, me llamará para decirme que ha visto un pulpo en la tele. Y yo, emocionado, le preguntaré: "¿Qué hacía el pulpo, abuela?". Y ella me dirá: "Pues nadaba, hijo, ¿qué va a hacer?". Y yo me quedaré en silencio, pensando que mi abuela es la única persona del mundo que me entiende. Luego me dirá que ha comprado un colchón nuevo, y yo le preguntaré si es viscoelástico, y ella me dirá que no, que es de plumas, como los de antes. Y yo, como buen gilipollas, le diré: "Abuela, los colchones de plumas son una mierda, te hundes". Y ella se reirá y me dirá: "Manolo, tú eres más tonto que un pulpo en un garaje". Y tendrá razón. El jueves, intentaré entrenar a Godzilla para que haga trucos. Sí, a mi iguana. Porque si no puedo domar pulpos, domaré iguanas, pienso. Y le pondré un sombrerito pequeño y le diré "da la patita". Y Godzilla me mirará con sus ojos de reptil y me ignorará completamente. Entonces, intentaré sobornarla con lechuga, y ella se comerá la lechuga y se irá a tomar el sol al lado de la ventana. Y yo, derrotado, me sentaré en el sofá y pensaré en los pulpos. En cómo serían si pudiera domarlos. En cómo sería mi vida si no fuera tan gilipollas. El viernes, en el trabajo, llegará una clienta muy guapa. Y yo, como soy un gilipollas, intentaré ligar con ella. Le hablaré de los colchones, pero también de los pulpos. Le diré: "¿Sabía que los pulpos tienen tres corazones y que la sangre es azul?". Y ella me mirará con cara de "qué pesado". Entonces, para impresionarla, le diré que también sé hacer malabares con colchones. Y cogeré un colchón pequeño y empezaré a lanzarlo al aire, y se me caerá encima, y me dejará noqueado en medio de la tienda. Y la clienta se irá, y Don Emilio me pondrá otra multa. Pero a mí me dará igual, porque estaré inconsciente y soñaré con pulpos bailando sevillanas. El sábado, mi abuela vendrá a visitarme. Y verá a Godzilla y dirá: "Ay, qué bicho más feo". Y yo me ofenderé y diré: "Abuela, no es feo, es exótico". Y ella dirá: "Exótico es el que viene de fuera, esto es un lagarto gordo". Y yo, que no sé cuándo callarme, le diré: "Abuela, los lagartos no tienen cresta como Godzilla". Y ella me dirá: "Pues ponle una cresta, a ver si así se parece a un pulpo". Y yo, en lugar de reírme, me lo tomaré en serio y buscaré en internet cómo ponerle una cresta a una iguana. Y encontraré un tutorial que dice que no se puede, porque las iguanas no tienen cresta, son reptiles, no dinosaurios. Y me sentiré estúpido. Otra vez. El domingo, decidiré que necesito un cambio. Que no puedo seguir así, vendiendo colchones y soñando con pulpos. Así que me apuntaré a un curso de doma de animales exóticos por internet. Será un curso de 20 euros que promete enseñarme a domar cualquier animal, desde serpientes hasta elefantes. Y yo, ilusionado, empezaré a ver los vídeos. El primer vídeo dice: "Para domar a un animal, primero debes ganarte su confianza". Y yo, emocionado, iré a ganarme la confianza de Godzilla. Le daré lechuga, le hablaré con voz suave, le cantaré una canción de cuna. Y Godzilla, harta de mí, me morderá el dedo. No fuerte, pero suficiente para que me sangre. Y yo, con mi dedo sangrando, pensaré que ese curso es una estafa y que los pulpos nunca me harían daño. Porque los pulpos son nobles. Son inteligentes. Son todo lo que yo no soy. Y así pasarán los días, y los meses, y los años. Y yo seguiré siendo el mismo gilipollas. Vendiendo colchones. Soñando con pulpos. Criando a una iguana que me desprecia. Visitando a mi abuela que me llama tonto con cariño. Y cada noche, antes de dormir, miraré el techo y pensaré en cómo sería mi vida si no fuera tan gilipollas. Y llegará un momento en que me resignaré. Aceptaré que nunca seré domador de pulpos. Que soy un vendedor de colchones, y que eso está bien. Porque un trabajo es un trabajo, y al menos puedo permitirme mantener a Godzilla y comprarle lechuga. El lunes siguiente, mi abuela me llamará para decirme que ha visto un pulpo en el acuario. Y me dirá: "Manolo, he visto tu animal favorito. Era pequeño y tenía una mancha en la cabeza". Y yo, emocionado, le preguntaré: "¿Y qué hacía, abuela?". Y ella me dirá: "Pues nadaba, hijo, y se escondía en una cueva. Igual que tú te escondes en tu tienda de colchones cuando llegan clientes". Y yo, en lugar de ofenderme, me reiré. Porque mi abuela, con sus 80 años y su memoria fallida, tiene más inteligencia emocional que yo en toda mi vida. Y entonces, en ese momento, en un futuro no muy lejano, entenderé algo. Entenderé que ser gilipollas no es malo. Que todos somos un poco gilipollas. Que la vida no es sobre cumplir sueños imposibles, sino sobre aceptar que los sueños cambian, se transforman, se vuelven más pequeños pero más reales. Y que tener una iguana que te muerde, una abuela que te llama tonto y un trabajo en una tienda de colchones no es tan malo. Porque al final, lo que importa no es domar pulpos, sino saber reírte de ti mismo cuando intentas hacerlo y fallas estrepitosamente. Y el martes, sí, el martes de dentro de muchos años, cuando ya sea viejo y canoso y tenga 70 años, miraré a mi iguana (que será una iguana muy vieja y arrugada) y le diré: "Godzilla, ¿quieres que te cuente el día que intenté ser domador de pulpos?". Y Godzilla, como siempre, me ignorará. Pero yo me reiré. Y mi abuela, que ya no estará, se reirá desde el cielo. Porque aunque ella ya no esté, sus palabras de "Manolo, tú eres más tonto que un pulpo en un garaje" vivirán para siempre en mi cabeza. Y seré feliz. Feliz de ser un gilipollas. Feliz de haberlo intentado. Feliz de fracasar con estilo. Porque al final, queridos lectores futuros que estaréis leyendo esto en algún lugar, la vida es eso. Es intentar domar pulpos y acabar vendiendo colchones. Es querer ser especial y descubrir que eres igual que todos los demás, pero con una iguana. Es tener una abuela chocha que te quiere y te llama tonto. Es, en definitiva, ser un gilipollas. Y yo, Manolo, de 35 años, vendedor de colchones, dueño de una iguana llamada Godzilla, nieto de una abuela genial, seré el mejor gilipollas que haya existido jamás. Porque lo mío no es un defecto, es un arte. El arte de ser un gilipollas en un mundo lleno de gente seria que nunca ha intentado domar un pulpo. Y así será mi futuro. Lleno de fracasos, de ridículos, de multas de Don Emilio, de mordeduras de iguana, de llamadas de mi abuela, de sueños rotos y colchones sin vender. Pero lleno también de risas. De risas mías, sobre todo. Porque si no me río de mí mismo, ¿quién lo hará? Eso seré. Eso soy. Eso seré siempre. Un gilipollas. Pero un gilipollas feliz. FIN (o mejor dicho, principio, porque todo esto está por venir)"
— El Gili, Andorra
Mi pequeñín
"Querido mío: Aún no habías llegado y ya te estaba escribiendo. Fue una tarde de esas de lluvia fina, de esas que no mojan pero calan. Me senté en el borde de la cama, con la prueba en la mano y el corazón a punto de salírseme por la boca. Positivo. Dos rayitas. Y de repente el mundo se paró, pero siguió girando muy rápido, todo a la vez. No sabes la de vueltas que me di esa noche. Pensé en si sabría hacerlo bien, en si sería buena madre, en si tendría suficiente paciencia. Me daba miedo el dolor del parto, claro, pero más miedo me daba no estar a la altura. Pensé en tu nombre, en cómo sería tu carita, en si tendrías mis ojos o los de tu padre. Me imaginaba enseñándote a atarte los cordones, a montar en bici, a comer con cuchara sin mancharte. Soñaba con tu primer diente, tu primera palabra, tu primer paso. Y también me daba miedo. Miedo a no saber calmar tu llanto, a no entender lo que necesitabas, a equivocarme. Pero cada patadita que dabas dentro de mí era como un "estoy aquí, no tengas miedo". Y yo te hablaba bajito, mientras te acariciaba la barriga, y te prometía que haría todo lo posible por ser tu refugio. Llegó el día. Fue un parto rapidito, como si tú también tuvieras prisa por salir a verme. Cuando te pusieron en mi pecho, pesabas poquito, pero mi corazón pesaba una montaña de alegría. Lloré, claro que lloré. Lloré de alivio, de amor, de vértigo. Eras perfecto. Tenías diez dedos en cada mano y en cada pie, y una nariz chiquitina que se movía al respirar. Te conté los dedos una y otra vez. Todos estaban ahí. Todo estaba bien. Y pasaron los meses. Y luego los años. Y te vi crecer, pero no como esperaba. No como las madres de los otros niños, que van marcando las alturas en la puerta de la nevera y cada raya sube un poquito más. Las tuyas subían, sí, pero más despacio. Mucho más despacio. Al principio me decía a mí misma que era cosa de la genética, que tu padre tampoco es muy alto. Pero cuando fuiste cumpliendo años y seguías siendo el más bajito de la clase, la preocupación empezó a anidarme en el pecho como un pajarito que no se calla. Fueron muchas visitas al médico, muchas pruebas, muchas esperas en pasillos de hospital. Hasta que una doctora, con una voz muy dulce y unos papeles en la mano, me dijo que tenías acondroplasia. Que serías una persona de baja estatura. Que eras y serías sano, pero que tu cuerpo crecería de una manera diferente. Y en ese momento, mío, se me partió el alma en dos. Una parte se alegraba porque eras sano, porque no había nada malo en tu corazón ni en tu cabeza. La otra parte, la tonta, la que no sabe ver más allá de lo que la gente mira, se llenó de preguntas. ¿Y si se ríen de ti? ¿Y si no encuentras ropa de tu talla? ¿Y si no puedes alcanzar los interruptores de la luz? ¿Y si el mundo no está hecho para ti? Pasé unos días muy malos, no te voy a engañar. Días de darle vueltas a todo, de mirarte dormir y preguntarme si te habría hecho algo mal, si habría comido algo que no debía, si habría sido mi culpa. Pero luego te vi despertar, con esa sonrisa tuya tan grande que te ocupa toda la cara, y me dijiste: "Mamá, ¿desayunamos tortitas?". Y entonces lo entendí todo. Tú eras feliz. Tú no sabías que eras diferente. Tú solo querías tus tortitas con sirope. Y yo, con mis miedos, estaba perdiéndome lo importante: verte feliz. Ahora tienes seis años. Eres un enano. Un enano precioso, con unas piernas cortas que corren como el viento, una risa que se oye desde la otra punta de la casa y una inteligencia que me deja boquiabierta. Sabes más de dinosaurios que cualquier adulto que conozca. Puedes pasarte horas hablando del tiranosaurio rex y del estegosaurio, y yo te escucho como si fuera la primera vez, porque cuando tú hablas, el mundo se vuelve más interesante. Pero no todo es fácil, claro que no. El otro día, en el parque, un niño más grande te preguntó por qué eras tan bajito. Te quedaste mirándolo, parpadeaste dos veces, y le dijiste: "Porque así llego antes a los sitios, soy más rápido". Y te fuiste corriendo, sin darle más importancia. Yo me quedé helada, con el corazón en un puño, pero luego sonreí. Qué lección me diste. Tú no te ves diferente. Tú te ves genial. Y tienes razón. Eso sí, hay días que el mundo se empeña en recordarnos que no está hecho para ti. Como cuando fuimos a comprar zapatos y no tenían tu número. O cuando en el supermercado no llegas a las estanterías de arriba y tienes que pedir ayuda. O cuando la gente te mira fijamente, como si fueras un bicho raro, y yo siento que me hierven las venas. Pero tú, con tu naturalidad, les devuelves la mirada y les sonríes. Y la mayoría, avergonzados, te devuelven la sonrisa. Y los que no, se pierden una sonrisa tuya, que vale más que todo el oro del mundo. He aprendido a ver el mundo desde tu altura. Y es un mundo distinto. Ves cosas que los demás no ven. Te fijas en las hormigas que llevan migas de pan, en las flores que crecen entre las grietas de la acera, en los reflejos del agua cuando llueve. Tienes una perspectiva que a mí se me había olvidado. Y me has enseñado que la grandeza no se mide en centímetros, sino en la capacidad de asombrarse, de querer, de ser feliz. A veces me preocupo por tu futuro. Pienso en el instituto, en los trabajos, en conducir un coche, en encontrar una pareja que te quiera como te mereces. Pero luego me acuerdo de ti, de cómo eres, de tu seguridad, de tu alegría, y se me pasa. Porque si hay alguien que va a saber moverse en este mundo, ese eres tú. Tienes una fuerza interior que yo no tenía a tu edad. Tienes una manera de enfrentar las cosas que me deja sin palabras. El otro día, en la fiesta del cole, hicieron una carrera de sacos. Todos los niños iban saltando, y tú, con tus piernas cortas, ibas más despacio. Pero no te rendiste. Saltaste y saltaste, hasta que llegaste a la meta. Los otros niños ya habían terminado, pero todos te aplaudieron. Y tú, con tu sonrisa de oreja a oreja, levantaste el puño como si hubieras ganado el mundo. Y para mí, lo habías hecho. No te voy a mentir: hay días que me entristezco. Días que veo a otros niños de tu edad y me parecen tan grandes, tan altos, y me pregunto cómo sería si tú también lo fueras. Pero esos pensamientos duran poco, porque me acuerdo de que si fueras diferente, no serías tú. Y yo no quiero a otro niño, quiero a mi enano. Quiero tu abrazo que me llega a la cintura, quiero tu mano pequeña en la mía, quiero tu cabeza apoyada en mi hombro cuando ves la tele. Quiero todo eso, porque es tuyo, y es mío. He aprendido a pelear por ti. He aprendido a hablar con los profesores, con los médicos, con los desconocidos que te miran mal. He aprendido a ser tu escudo, pero también tu trampolín. Porque no quiero que dependas de mí, quiero que vueles. Que vueles bajo, pero que vueles. Que llegues a donde quieras, aunque tengas que usar un taburete para llegar al interruptor. Que sepas que eres capaz de todo, porque lo eres. Y ahora, mientras te veo dormir, con tu pijama de dinosaurios y tu pelo revuelto, te escribo esto. Porque quiero que sepas que, a pesar de todos mis miedos, de todas mis dudas, no cambiaría ni un solo segundo de esta historia. No cambiaría las visitas al médico, ni las miradas de la gente, ni los zapatos que no encuentro. Porque todo eso me ha hecho más fuerte, y me ha hecho quererte más, si eso es posible. Eres mi niño, mi pequeño gran hombre. Eres mi maestro. Me has enseñado a ver la vida con otros ojos, unos ojos más bajos, pero que ven más lejos. Me has enseñado que la felicidad está en las cosas pequeñas, literalmente. Me has enseñado que el amor no entiende de alturas. Así que sigue así, corre, salta, ríe, pregunta, explora. Sigue siendo ese niño que le dice a la vecina que su pelo huele a flores. Sigue siendo ese niño que abraza a los niños tristes en el parque. Sigue siendo ese niño que canta en la ducha a voz en grito, aunque desafine. Sigue siendo tú. Siempre tú. Que yo estaré aquí, a tu altura, para ayudarte a alcanzar lo que necesites, para secar tus lágrimas, para celebrar tus victorias. Para recordarte que lo importante no es lo que midas, sino lo grande que eres por dentro. Y tú, mío, eres enorme. Más que el tiranosaurio rex, más que la luna, más que todo. Te quiero, te quiero, te quiero. Y no tengo palabras más grandes que esas, porque no las necesito. Siempre tuya, Tu madre. Que es baja, sí, pero baja de estatura, no de amor."
— La madre del pequeñín, España
La bicicleta, el freno y el electrocardiograma
"Llamadme Laura. Treinta años, piernas largas, paciencia corta y un coche que, desde aquel día, bauticé como «el justiciero». No fue mi culpa. Bueno, sí, técnicamente fue mi culpa, pero ¿quién pone un semáforo en ángulo muerto? ¿Y quién, en pleno siglo XXI, sigue usando una bicicleta sin casco, sin luces y con una camisa de cuadros que parecía sacada de un videoclip de los ochenta? Él se llamaba Carlos. Cuarenta y cinco años, sonrisa de dentista, ojos verdes que prometían cosas que no cumplían y un trasero que, la verdad, se merecía un premio por cómo realzaba el tejano ajustado. Iba tan orgulloso sobre su bicicleta de segunda mano, con su cesta vacía y su aire de urbanita que se cree explorador, que no me vio venir. O yo no le vi a él. O el destino, con su sentido del humor de comedieta barata, decidió que era el momento de que mi parachoques izquierdo conociera a su pedal derecho. El golpe fue más teatral que dañino. Carlos salió volando por encima del manillar, describió una parábola de manual de física, y aterrizó sobre un contenedor de ropa usada con la elegancia de un flamenco borracho. Yo salí del coche con el corazón en un puño y el seguro en la mano, dispuesta a pedir perdón, a pagar daños, a comprarle una bicicleta nueva y a desaparecer de su vida para siempre. Pero él se levantó, se sacudió las hojas de lechuga que le habían caído encima, y me miró con una mezcla de dolor y admiración tan ridícula que supe, en ese instante, que estábamos ante el inicio de algo estúpido. —Eres un peligro —dijo, tocándose la rodilla con una mueca que pretendía ser de macho herido pero resultaba de gatito mojado. —Y tú un suicida con ruedas —respondí, sin poder evitar una sonrisa. Y ahí, entre el olor a gasolina y a col lombarda del contenedor, conectamos. Esa chispa que te hace olvidar que acabas de atropellar a un desconocido y te concentras en lo bien que le queda la camisa manchada de tierra. Le ayudé a levantarse, le ofrecí llevarle al hospital más cercano, y él aceptó con una sonrisa que ya estaba calculando cómo sacar provecho de la situación. El hospital era el «Virgen de la Pacificación», un nombre tan irónico como el propio edificio, que parecía diseñado por un arquitecto que odiaba a los pacientes. Pasillos de color verde menta, carteles que advertían de resbalones, y un olor a desinfectante mezclado con café de máquina que te recordaba que la vida es frágil y, además, cara. Carlos cojeaba apoyado en mi hombro, y yo notaba su aliento en mi nuca, demasiado cerca para ser accidental. —¿Te duele mucho? —pregunté, con un tono de enfermera vocacional que no tenía. —Solo cuando respiro —dijo él, y soltó una risita que pretendía ser valiente pero era más bien un ronquido de cerdo contento. Llegamos a Recepción. Una pantalla parpadeaba con números que no llevaban a ninguna parte, y una señora de gafas de concha nos miró por encima de sus lentes como si hubiésemos interrumpido su partida de solitario. Pero no hacía falta dar explicaciones, porque en ese momento apareció ella: la enfermera jefe, matriarca del turno de tarde, reina de los analgésicos y, como descubriría más tarde, dueña absoluta de mi futuro. Se llamaba Elena. Cincuenta y cinco años, melena canosa recogida en un moño que desafiaba las leyes de la gravedad, y una bata blanca tan planchada que parecía haber sido almidonada con sangre de becario. Era alta, de hombros anchos y mirada fulminante. Cuando nos vio llegar —a mí con cara de culpable, a él cojeando y sonriendo—, su ojo clínico lo calibró todo en dos segundos: el hematoma, el morro roto, el paquete de chicles que había perdido en la caída y que seguía intacto en el suelo. Y luego me miró a mí. Y supo. —Carlos —dijo, con una voz que cortaba el acero—. Otra vez. Él se puso colorado. No del dolor, sino del rubor de quien ha sido descubierto en una mentira que ni siquiera ha tenido tiempo de inventar. —¿Os conocéis? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. —Este desgraciado es mi exmarido —respondió Elena, sin inmutarse, mientras le agarraba el brazo con una fuerza que no era precisamente terapéutica—. Y tú, por la pinta, eres la conductora que lo ha mandado al suelo. Siéntate, que ahora te atiendo. Y allí empezó el caos. Porque no era solo que Elena fuera su exmujer. Era que, durante el trayecto en coche, Carlos me había contado que llevaba tres años divorciado, que su ex era «una bruja de cuidado», que no le dejaba ver al perro y que se había quedado con la vajilla de la abuela. Nada de enfermeras jefas con moños de acero inoxidable. Nada de hospitales. Y, desde luego, nada de que la ex estuviera a punto de revisarle la rodilla con una mano que parecía entrenada para hacer daño. Mientras Elena lo examinaba en la camilla, yo esperaba en una silla de plástico que crujía con cada movimiento. Y allí, en ese silencio incómodo, Carlos me hizo un gesto con la ceja. Uno de esos gestos que dicen «lo siento, esto es un malentendido, pero igual después podemos tomar algo». Yo le devolví una sonrisa forzada, porque, sinceramente, el tío era atractivo. No solo físicamente: tenía ese desparpajo de los cuarentones que saben que la vida es corta y que el sexo, como el vino, mejora con la edad. O al menos eso decían sus ojos. Y sus manos. Y esa forma de morderse el labio cuando Elena le vendaba la rodilla. Lo peor llegó cuando Elena se quitó los guantes, se sentó a mi lado y, con una voz que mezclaba el sarcasmo de siglos de experiencia, me soltó: —¿Te gusta, verdad? —¿El qué? —balbuceé, sintiendo que me ardían las mejillas. —Él. Mi ex. El idiota de la bicicleta. Te ha hecho ojitos y tú te has derretido como un helado en agosto. No es la primera, ni será la última. —No es eso —mentí, con una habilidad digna de una política. —Tranquila, no te juzgo. El tío tiene su aquel. Pero permíteme que te dé un consejo: si te acuestas con él, no lo hagas en casa de su madre. Que la señora tiene el oído fino y luego se entera todo el barrio. Me reí. No pude evitarlo. Era tan directa, tan brutalmente honesta, que resultaba hasta entrañable. Y ella, al verme reír, sonrió también. Por un momento, las tres personas en aquella sala —la atropelladora, el atropellado y la enfermera— compartimos una complicidad extraña, como si el hospital fuera el escenario de una comedia de enredo y nosotros los actores principales. Pero entonces Carlos, desde la camilla, levantó la mano y dijo: —Oye, Elena, ¿por qué no le cuentas a Laura lo de aquella vez que te encontré con el jardinero? El silencio fue tan denso que se oyó el gotero de la habitación de al lado. Elena se levantó lentamente, se acercó a Carlos, y le susurró algo al oído que yo no pude escuchar, pero que debió ser memorable, porque él palideció y cerró la boca durante los siguientes veinte minutos. Y entonces, en medio de aquel duelo de miradas y cuchillos verbales, yo tuve una idea. Una de esas ideas que parecen brillantes cuando tienes treinta años, una indemnización pendiente y un exmarido de una enfermera que te mira como si fueras el postre. Me levanté, fui a la máquina de café, compré tres cafés —uno de ellos descafeinado, porque Elena parecía la clase de mujer que no necesita más cafeína— y los puse sobre la mesa. —Tregua —dije, sonriendo con todo el encanto que mis treinta años me permitían—. He atropellado a tu ex, tú me has dado un sermón, él ya ha pagado con su dignidad y con el morro que se ha dejado en el contenedor. ¿Por qué no lo dejamos aquí y, si queréis, mañana os invito a cenar los dos? En plan neutral. Sin rencores. Carlos abrió la boca para decir algo, seguramente una broma sobre mi conducción, pero Elena le lanzó una mirada que lo convirtió en estatua. —Me parece bien —dijo ella, cruzando los brazos—. Pero si invitas a cenar, que sea en un sitio con manteles. Y que tú pagas, claro. Y aquella noche, los tres cenamos juntos. Yo, con la culpa todavía fresca. Carlos, con la rodilla vendada y una sonrisa que no se borraba. Y Elena, que durante el postre, cuando ya habíamos bajado la guardia y estábamos riéndonos de lo absurdo de la situación, soltó la bomba: —Por cierto, Laura, no te he dicho lo más importante. Carlos y yo tenemos una hija. Se llama Lucía. Tiene tu edad, trabaja en una editorial y es soltera. Carlos se atragantó con el tinto. —¿Qué? —pregunté, sintiendo que el mundo se desmoronaba en espiral. —Sí —continuó Elena, imperturbable, mientras cortaba su solomillo con la precisión de una cirujana—. Y, viendo cómo le has mirado a mi ex esta noche, no sé si debería presentárosla. Sería un poco incómodo, ¿no crees? Que la madre de tu nueva amiga se haya acostado con el hombre que te gusta. Carlos tosió, se levantó y fue al baño con una excusa patética sobre la sal del pescado. Yo me quedé allí, con los ojos como platos, mirando a Elena, que me devolvía la mirada con una sonrisa de esfinge. —¿Sois...? —empecé, sin saber cómo terminar la frase. —Exmaridos, sí. Y padres de una hija maravillosa que, por cierto, está a punto de llegar. La he llamado para que nos traiga el móvil que se le olvidó a Carlos. Ahí la tienes. Y entonces, justo cuando mi corazón empezaba a latir al ritmo de una batería de heavy metal, vi entrar por la puerta del restaurante a una chica de pelo rizado, sonrisa amplia y ojos verdes exactamente iguales a los de Carlos. Se acercó a la mesa, me dio dos besos con la confianza de quien no sabe que está a punto de dinamitar una cena, y dijo: —¿Tú eres la que ha atropellado a mi padre? ¡Qué fuerte! ¿Y te has quedado a cenar con mi madre? Sois la caña. Carlos volvió del baño justo en ese momento. Nos miró a las tres —a su ex, a su hija y a mí— y su rostro recorrió todas las etapas del duelo en tres segundos. Negación, ira, negociación, depresión y, finalmente, aceptación. Se sentó, cogió su copa de vino y la levantó: —Brindo —dijo, con una voz que ya no era de galán herido, sino de hombre que ha aceptado su destino—. Brindo por el día en que decidí comprar esa bicicleta. Porque si no, no habría conocido a Laura, no habría pasado la tarde en el hospital, y no habría terminado cenando con mi exmujer, mi hija y la mujer que, probablemente, me va a costar el sueldo en terapia. Elena se rió. Lucía se rió. Y yo, que estaba atrapada en medio de aquella familia disfuncional, con el culo del atropellado grabado en mi retina y la certeza de que mi vida amorosa acababa de entrar en un terreno pantanoso, también me reí. Pero la noche no terminó ahí. Porque cuando Carlos me acompañó al coche (sí, al mismo coche, el justiciero), me agarró la mano y me susurró al oído: —Laura, no sé si has entendido bien la situación. Elena y yo estuvimos casados quince años. Lucía es mi hija, pero no es hija de Elena. Es hija de otra. Lo descubrimos cuando ya estábamos divorciados. Por eso nos llevamos tan mal. Y por eso, cuando te he visto esta mañana, he sabido que tenía que conocerte. No por el accidente. Porque te pareces a su madre. Y ella murió hace diez años. Y ahí, con el motor encendido y el GPS diciendo «gire a la izquierda», me quedé congelada. Porque aquella comedia de enredo, aquel lío de faldas con dos mujeres y un hombre, acababa de convertirse en un laberinto de espejos donde yo era el reflejo de una muerta, la ex era la guardiana del secreto, y la hija no era hija sino una pieza que no encajaba. —No te preocupes —dijo Carlos, soltándome la mano y abriendo la puerta—. Mañana te cuento más. O no. Depende de lo que quieras saber. Cerró la puerta. Se fue cojeando hacia la parada del autobús. Y yo me quedé allí, con la misma pregunta que siempre me hago después de un accidente: ¿de qué lado estaba el freno? Porque aquello no era una historia de amor. Era una satírica, absurda, deliciosa pesadilla con pañuelo de cuadros y olor a desinfectante. Y lo peor es que, tres días después, Lucía me llamó para tomar un café. Y yo acepté. Porque, en el fondo, la ironía es la única vacuna contra la locura. Y el sexo, bueno, el sexo... esa es otra historia. Que esta ya es bastante larga."
— Marinfiel, España
El objeto que me miraba desde el espejo
"Tres años. Tres veranos. Y aún hay noches en las que despierto con la certeza de que alguien está al otro lado de la puerta, respirando en el mismo ritmo que yo. No es miedo a lo que vi. Es miedo a lo que no llegué a entender. Me llamo Clara, tengo treinta y cinco años y, si me preguntas, no soy bonita. Tengo la nariz un poco torcida de una caída en bicicleta a los doce, el pelo castaño que nunca sabe si ser liso o rizado, y unas caderas que siempre me han hecho sentir más ancha de lo que me gustaría. Pero soy simpática. Eso me lo han dicho desde pequeña: «Clara, eres tan agradable», «Clara, da gusto estar contigo». Y es cierto. Sé escuchar, sé reír en el momento justo, sé hacer que la gente se sienta cómoda. Por eso caigo bien. Por eso la gente se acerca. Por eso, quizá, nunca nadie miró más allá de esa fachada de chica maja. Hace tres años, mi madre murió. No fue repentino. Fue lento, sucio, con hospitales de pasillos demasiado largos y máquinas que pitaban en compás de agonía. Cáncer de páncreas. Seis meses desde el diagnóstico hasta que dejó de respirar una tarde de marzo, con la lluvia golpeando la ventana de la UCI como si quisiera entrar a llevársela también a ella. Yo estaba a su lado. Le sujetaba la mano, esa mano que había sujetado la mía en parques, en consultas de pediatra, en el día de mi boda (que no duró ni tres años, pero esa es otra historia). Y cuando su pulso se detuvo, yo no lloré. No pude. Me quedé allí, en silencio, sintiendo cómo el frío de su piel trepaba por mis dedos y se instalaba en algún lugar de mi pecho que no sabía que existía. El mes siguiente fue un desfile de caras conocidas: tíos, primos, vecinos, amigas de mi madre que olían a alcanfor y a rosas marchitas. Todos decían lo mismo: «Qué fuerte eres, Clara», «Cómo llevas esto con entereza». Y yo asentía, sonreía, ofrecía café y galletas, mientras por dentro sentía que me estaba despegando de mí misma, capa por capa, como una cebolla que se pudre desde el centro. A los dos meses, no soportaba mi casa. Cada esquina me recordaba a ella: el sillón donde veía sus telenovelas, la taza con la flor desportillada que usaba para el té, su olor a lavanda en las sábanas. Vendí el piso. Me quedé con lo justo: ropa, fotos, el reloj de pulsera que le regalé en su último cumpleaños. Y decidí que necesitaba desaparecer. No para siempre, solo el tiempo suficiente para averiguar si, sin mi madre, yo seguía siendo alguien. O solo era un reflejo de lo que ella había querido que fuera. Compré una tienda de campaña en un chino, una linterna de esas que parpadean si les das un golpe, y reservé una parcela en un camping perdido en la sierra de Gredos. Se llamaba «Las Eras», un nombre tan anodino que parecía deliberado. Quería estar sola. Quería que el silencio me dijera algo. No sabía que el silencio también puede hablar, y que a veces lo hace con voz de cosa que no debería existir. Todo empezó la mañana de mi partida, antes incluso de salir de casa. Estaba en el baño, cepillándome los dientes, cuando levanté la vista al espejo. Detrás de mi hombro izquierdo, en el reflejo del pasillo, vi un objeto redondo apoyado en la mesa del recibidor. Una piedra. No, no era una piedra. Era algo más oscuro, más regular, como un disco de pizarra pulida, del tamaño de un puño. Parpadeé y ya no estaba. Me giré. La mesa estaba vacía. Pensé que eran los nervios, el cansancio de no dormir bien desde que mamá se fue. Me reí de mí misma. «Vas a empezar a ver cosas, Clara, y todavía no has salido de casa». Pero lo vi otra vez en el coche, en el asiento del copiloto, cuando me detuve a repostar. Estaba allí, apoyado contra la puerta, como si hubiera estado todo el tiempo. Lo miré fijamente y, esta vez, no desapareció. Era negro, mate, con unas vetas grises que parecían moverse si forzaba la vista. No me atreví a tocarlo. Arranqué y conduje durante una hora sin mirar a la derecha. Cuando por fin me armé de valor y giré la cabeza, el asiento estaba vacío. Llegué al camping a las cinco de la tarde. El cielo estaba limpio, pero el sol quemaba con una intensidad de justicia divina. Monté la tienda en la parcela número catorce, al final del camino, junto a un arroyo que apenas susurraba. Había cinco o seis caravanas más, todas ocupadas por jubilados que se turnaban para ir a comprar pan y quejarse del calor. Me saludaron con la cabeza, esa mezcla de cortesía y desinterés que tienen los mayores cuando ven a una treintañera sola. No les expliqué nada. No hacía falta. La primera noche fue tranquila, incluso bonita. Cené un sándwich de atún viendo cómo el sol se escondía detrás de las montañas, y el cielo se volvía de ese naranja herido que solo existe en los sitios donde no hay contaminación lumínica. Me metí en el saco y escuché el arroyo durante un rato. Cerré los ojos y, por primera vez en meses, sentí que mi cuerpo no pesaba tanto. Hasta que oí el roce. No era un animal. Era algo que se arrastraba, pero con un ritmo demasiado regular, demasiado humano. Como si alguien estuviera dando vueltas alrededor de mi tienda, en círculos concéntricos, cada vez más cerca. Contuve la respiración. El roce se detuvo justo al lado de mi oído, al otro lado de la lona. Y entonces oí un golpe seco, contra el suelo, a centímetros de mi cabeza. Algo había caído. Esperé. Conté hasta cien. Cuando no pasó nada más, encendí la linterna y abrí la cremallera de la tienda con manos temblorosas. El suelo estaba cubierto de hojas secas y tierra. No había nada. Casi me convenzo de que había sido un sueño, hasta que miré hacia el arroyo y lo vi: el disco negro, apoyado sobre una piedra plana, como si estuviera tomando el sol bajo la luna. Las vetas grises se movían. Esta vez no me lo imaginé. Se movían en espiral, lentamente, como un remolino de ceniza. Grité. No sé si fue de miedo o de rabia. Agarré una piedra y la lancé con todas mis fuerzas contra el objeto. La piedra pasó a través de él. Literalmente. Vi cómo la piedra atravesaba el disco como si fuera humo, y el disco seguía allí, intacto, con sus vetas girando un poco más rápido. No dormí en toda la noche. Me quedé sentada dentro de la tienda, con la linterna apuntando a la entrada, escuchando cada susurro del viento. El disco no se movió de la piedra hasta el amanecer. Cuando el sol empezó a calentar, se desvaneció, como si la luz lo borrara. Los días siguientes fueron una pesadilla de guion mal escrito. El disco aparecía en sitios absurdos: dentro de mi mochila, pegado al techo de la tienda, flotando en el arroyo mientras yo me lavaba la cara. A veces se quedaba quieto, sin hacer nada; otras, parecía seguirme con un movimiento oscilante, como si respirara. Nadie más lo veía. Los jubilados paseaban a su lado sin inmutarse, y cuando yo señalaba el lugar donde estaba, ellos fruncían el ceño y me miraban como si hubiera perdido el juicio. Empecé a hablarle. Lo sé, suena loco, pero cuando llevas tres días sin dormir y un objeto que no existe te persigue, lo único que te queda es intentar negociar. Le pregunté qué quería, por qué me había elegido, si tenía algo que ver con mi madre. El disco no respondía, pero sus vetas cambiaban de ritmo. Cuando nombraba a mamá, se aceleraban. Cuando hablaba de mi miedo, se ralentizaban. Como si entendiera, como si estuviera esperando que dijera algo concreto. La cuarta noche, me armé de valor y lo toqué. Fue como meter la mano en agua helada, pero sin humedad. Una sensación de frío que no venía de la temperatura, sino de algún sitio más profundo, de la médula. Y en ese instante, vi cosas que no eran mías. Vi un hospital, pero no el de mi madre: otro, más antiguo, con paredes de piedra y camas de hierro. Vi una mujer joven, morena, con el mismo lunar que tengo yo en la muñeca, que sollozaba en un rincón mientras un objeto negro, el mismo objeto, flotaba frente a ella. La mujer levantó la cabeza y me miró. Me miró a mí, a través del tiempo. Y dijo: «No lo dejes que te vea entera, Clara. Él busca el vacío que dejaste cuando ella se fue. Si se lo das, no volverás a ser tú». Solté el disco y caí de espaldas. Mi mano ardía como si hubiera tocado brasas, pero no tenía quemaduras. El disco se había quedado inmóvil, sin vetas, sin nada. Parecía un objeto muerto. Al día siguiente, recogí el campamento y me marché. No miré atrás. Conduje las siete horas de vuelta a casa sin parar, con las manos agarrotadas al volante, repitiéndome que todo había sido una alucinación, que el duelo me había roto el cerebro, que necesitaba un psiquiatra y no un camping. Pero el disco no se quedó en Gredos. Llegué a mi piso nuevo, ese que compré con la herencia de mi madre, y allí estaba, sobre la mesilla de noche, con las vetas grises girando en espiral, esperándome. No he vuelto a tocarlo. No he vuelto a hablarle. Pero cada noche, cuando apago la luz, veo su silueta recortada contra la ventana, y sé que está mirando hacia mi cama. No sé si es mi conciencia, no sé si es el fantasma de mi madre o algo mucho más viejo que ella, que yo, que todo lo que conozco. Lo único que sé es que, tres años después, sigo durmiendo con la luz encendida. Y que a veces, en el borde del sueño, oigo su voz —la de esa mujer del hospital de piedra— diciéndome que no se lo entregue. Pero no sé qué es lo que quiere. Ni si lo que él busca ya lo tengo dentro, esperando a que me duerma del todo para salir. Anoche, por primera vez, el disco no estaba en la mesilla. Lo encontré dentro del frigorífico, junto a la leche caducada. Y las vetas no giraban: escribían una palabra, clara y nítida, como si estuvieran hechas de tinta: «¿Y si ya lo sabes?» Esta mañana he llamado al camping de Las Eras. He preguntado si alguien había encontrado algo raro, una piedra negra, un objeto así. La mujer de recepción se ha reído. Me ha dicho que allí no pasa nada raro, que a veces los huéspedes ven cosas, pero que es el calor, o la altura, o que los abetos producen una sombra que confunde. Me ha preguntado si quería reservar para este verano. Le he dicho que no. Que quizá el año que viene. Pero esta noche, cuando llegue a casa, sé que el disco estará en algún sitio donde no debería. Y sé que, en algún momento, tendré que tocarlo otra vez. Porque lo que me dijo aquella mujer no era una advertencia. Era una confirmación: el vacío que dejó mi madre no se va a llenar con silencio. Se va a llenar con algo que todavía no tengo nombre. Y tengo miedo de que, cuando lo descubra, ya no haya vuelta atrás."
— Clara
El origen de este proyecto
Nunca es ahora nació inspirado en Sin bragas no hay miedo, una novela sobre los miedos que nos frenan, las historias que callamos y la búsqueda de una felicidad que quizás ya estaba ahí.
Las historias publicadas en este libro son responsabilidad exclusiva de sus autores. Nunca es ahora no se hace responsable de las opiniones, declaraciones o contenidos incluidos en las contribuciones. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellas historias que sean ofensivas, discriminatorias o que inciten al odio. Al participar, el autor cede los derechos de publicación para su inclusión en el libro colaborativo publicado en Amazon.
Antes de que preguntes
Preguntas frecuentes
¿Tengo que ser escritor o saber escribir bien para participar?
No. Si supiera escribir todo el mundo, las librerías estarían más llenas y yo tendría más competencia. Aquí lo único que pedimos es que tengas algo que contar. Lo demás nos da igual.
¿Cuánto tiene que medir mi historia? ¿Hay un mínimo o un máximo?
El máximo son 15.000 caracteres, más o menos diez páginas. El mínimo no lo hemos puesto, pero si tu secreto cabe en una frase, probablemente no era tan grave.
¿Puede ser una historia inventada o tiene que ser real?
Las dos valen. Nadie te va a pedir el DNI emocional. Lo importante es que transmita y emocione, sea real o inventada.
¿Puedo participar más de una vez con historias distintas?
El sistema no controla que repitas, pero no monopolices el libro: con un par de historias tuyas ya está bien. Deja sitio a los demás.
¿Qué pasa si pongo mi nombre real, se hace público para siempre?
Sí, así que piénsatelo. Si tienes dudas, usa un pseudónimo. Nadie te va a delatar, pero internet tiene buena memoria y mala intención.
¿Quién decide si mi historia entra en el libro o no?
Yo. No por ego, sino porque alguien tiene que leerlas todas antes de meterlas en un libro que vamos a vender. Si la rechazo, no es nada personal. Bueno, a veces sí.
¿Cuánto tardáis en revisar y aprobar mi historia?
Normalmente unos días. No tenemos un equipo de cien becarios, soy yo con un café y mucha curiosidad por leer lo que la gente esconde.
¿Por qué podrían rechazar mi historia?
Por ser ofensiva, discriminatoria o incitar al odio. Fuera de eso, tienes bastante libertad. Si tu historia es solo mala, probablemente la aprobemos igual, no somos tan estrictos.
¿Cuándo se publica el libro en Amazon? ¿Hay una fecha?
No hay fecha fija, depende de cuánta gente se anime. Cuando tengamos suficientes historias para que esto sea un libro y no un folleto, lo publicamos.
¿Puedo editar o eliminar mi historia después de enviarla?
Antes de que la aprobemos, escríbenos y lo arreglamos. Una vez publicada en el libro, ya forma parte de la historia (literal). Así que revísala bien antes de enviarla.
¿De verdad es gratis participar? ¿Dónde está la trampa?
Es gratis. No hay trampa, hay negocio: si luego quieres el libro con tu historia dentro, lo compras en Amazon como cualquier otro libro. Participar no te cuesta nada, tenerlo en papel sí.
¿Tengo que comprar el libro obligatoriamente?
No. Puedes participar, salir en el libro y no comprarlo nunca. Aunque seamos sinceros, a todos nos gusta tener pruebas de nuestras tonterías.
¿Qué quiere decir que «cedo los derechos de publicación»? ¿Pierdo mi historia para siempre?
Significa que nos das permiso para incluirla en el libro y publicarla en Amazon. Sigue siendo tuya, la escribiste tú, pero nos dejas usarla para este proyecto concreto.
¿Por qué se llama «Nunca es ahora»?
Porque todos tenemos algo que «ya contaré, cuando sea el momento». Y ese momento, sospechosamente, nunca llega. Así que aquí decidimos que el momento es ahora. Aunque el nombre diga lo contrario.
¿Qué relación tiene esto con tu novela «Sin bragas no hay miedo»?
Ese libro habla de miedos, vergüenzas y cosas que no contamos. Este proyecto es la versión real de eso: en vez de inventármelo yo solo, lo contamos entre todos.
¿Es esto un concurso? ¿Hay premio?
No, no hay premio ni ganador. El premio es ver tu historia publicada en un libro de verdad. Si buscas un concurso con premio, este no es tu sitio, pero seguramente tengo otro por ahí.
